¿A qué horas llegamos a semejante imbecilidad de que una guerra con Venezuela es factible y posible?

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Por María Isabel Rueda

El secretario de la Organización de Estados Americanos dijo que ninguna opción estaba descartada en el caso de Venezuela, y Colombia no lo rectificó. El embajador de Colombia en Washington se inauguró en su nuevo cargo diciendo lo mismo que Almagro. Luego, en la Asamblea de la ONU, Trump dijo: “Nos ocuparemos de Venezuela. Todas las opciones están en la mesa, todas, las fuertes y las menos fuertes, y ya saben qué quiero decir por fuerte”. Y el vicepresidente Pence le dijo al presidente Duque que Venezuela estaba moviendo tropas a la frontera y que, como país aliado, Colombia podía contar con Estados Unidos.

¿A qué horas llegamos a semejante imbecilidad de ponernos al frente de la tesis de que una guerra con Venezuela es factible y posible? En una de esas nos pasa lo de Polonia.

La II Guerra Mundial arrancó cuando Inglaterra y Francia (en este caso EE. UU.) le advirtieron a Hitler (en este caso, Venezuela) que ellos atacarían si invadía a Polonia (en este caso, Colombia), y la invadió. Ahí comenzó la guerra que produjo más de 60 millones de muertos. Pero la única que no declaró su propia guerra fue Polonia, aunque esta se libró en su territorio, lo mismo que le pasaría a Colombia con Venezuela.

¿A qué horas Colombia se está quedando del lado y hasta liderando a los que la consideran una opción viable?

La única explicación plausible de que estemos colocados así en el ajedrez político de la guerra es porque hemos aceptado apostarle a la llamada estrategia de la ‘amenaza creíble’, que en el fondo no es sino un cañazo que tiene como propósito obligar a reaccionar al adversario si este es lo suficientemente ingenuo como para coger la caña. Es decir, que Colombia no se comporta como indefensa y desprotegida para que Venezuela asuma la conciencia de lo costosa que podría resultarle la guerra con Colombia.

Algunas cosas que se dicen aguantan durante las campañas, como cuando Santos se inventó que Chávez era archienemigo de Colombia y luego lo bautizó de mejor amigo. Trump llamaba al presidente de Corea del Norte, Kim Jong-un, ‘pequeño hombre cohete’, y ahora no lo baja de ser una de las personas más inteligentes que ha conocido.

Lo mismo pasa con Maduro. No invitarlo a la posesión y denunciarlo como un dictador estaba bien en campaña, pero el concepto tiene que evolucionar para que Duque pueda gobernar con el problema al lado. Por lo tanto, parece costoso no haber firmado el comunicado del Grupo de Lima, que condenaba la dictadura pero también el uso de las armas como solución.

Pero esa estrategia de la amenaza creíble tiene el peligro de que el que debería coger la caña es Maduro, un analfabeto, desequilibrado y sin opciones, al que pueda parecerle que le resulta mejor camino arreglar sus problemas internos a costa de unos muertos en Colombia.

¿Qué saca el presidente Duque liderando el apoyo ofrecido por Trump en caso de un ataque venezolano a Colombia cuando Colombia tiene todo para perder y Trump nada? Solo hay un país al que puede hacerle un daño irreparable la totalidad del abundante armamento en cuya modernización Venezuela ha invertido 6.600 millones de dólares: Colombia, con la que la unen –o la separan– 2.219 kilómetros de frontera. De manera que nos sirve más sumarnos al respaldo no belicista de Latinoamérica y no al bravucón respaldo de los EE. UU.

Pero tampoco nos podemos equivocar con los inmigrantes venezolanos. Esos no son una agresión de Maduro a Colombia, sino la consecuencia inevitable de un gobierno desastroso. Maduro no nos los está enviando cual misiles.

Pero si confundimos a los inmigrantes con una agresión, podríamos enfrascarnos en una confrontación militar con Venezuela que no se curará nunca. Sería más grave que la separación de Panamá. O que la guerra con el Perú, que no fue guerra y, sin embargo, todavía no se ha acabado.

De manera que la situación no da para que nos equivoquemos de lado. Son mejores compañeros geopolíticos los países que condenan el uso de las armas que los que no, aunque estos últimos eventualmente nos ofrezcan apoyo en caso de ser atacados.

Entre tanto… Con Venezuela o sin esta, la vida útil de nuestros aviones militares está llegando a su límite. Vendedores internacionales comienzan a moverse. Una conocida compañía sueca, Saab, habría abierto oficina en Colombia en espera de una licitación. Se habla de una carta de intención que podríamos firmar con EE. UU. para la compra de varios F-16. Poco discreto el momento para salir de compras…

MARÍA ISABEL RUEDA

Fuente: https://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/maria-isabel-rueda/la-guerra-con-venezuela-maria-isabel-rueda-274944