“Ahora, unidad: no podemos confundirnos”

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Por Leonardo Boff

Brasil no sólo está atravesado por una crisis muy grave: tiene a este nazi, este fascista, apuntándole a los derechos del pueblo, ahora de cara al balotaje. Y sí, frente a esta situación, realmente sería trágico que algunos sectores del campo popular priorizaran su rechazo al Partido de los Trabajadores: sería trágica esa extrema derecha gobernándonos, para profundizar todos los procesos neoliberales de América Latina.

Poco a poco, los medios de Brasil han instalado una situación de “caos interno”, fogoneada por intereses internacionales que apuestan a esa derechización violenta de la región. Pero si ese discurso se impusiera “democráticamente” en los comicios definitivos, desencadenaría un verdadero caos social que podría abonar las condiciones para una intervención militar, enmarcada una vez más en “la necesidad de restablecer el orden”. Estamos, sin dudas, ante una situación dramática. Y sí, para lograr ese objetivo necesitaban que Luis Inácio “Lula” Da Silva no fuese candidato, porque medía por encima del 40%. Sólo por eso, había que frenarlo de cualquier manera y la efectiva fue meterlo preso, fuera como fuera.

Por eso, Lula es un preso político.

Y por eso, estas elecciones son un fraude.

De vencer los candidatos afines a la democracia, tal vez podrían liberarlo después del balotaje, pero él quiere un juicio justo, una revisión de las actas, para que los mejores juristas brasileros, de la ONU y del exterior marquen los errores del proceso. No quiere salir por una amnistía, sino como una persona injustamente condenada. De hecho, cuando lo visité hace unos meses me pidió que difundiera este mensaje: “En todas las charlas del país, exigile al Juez Moro que muestre una sola evidencia que pruebe mi culpabilidad”.

Con esa entereza, hoy sigue de pie.

Ahora, con los resultados de la primera vuelta sobre la mesa, el análisis trasciende fronteras, mientras crecen los riesgos por esta estrategia para imponer el neoliberalismo extremo, incubada en la política externa de los Estados Unidos. Sus órganos de seguridad buscan desestabilizar u obstaculizar a los gobiernos progresistas de la región, tal como lo hicieron en Honduras y Paraguay. En Argentina no fue necesario, porque Macri asumió mediante el voto. De frente a semejante adversidad, llega la hora de confiar y yo confío en Haddad para esta pelea. Lo avalan su trayectoria política, su buena preparación intelectual y su administración en el Estado como ministro de Educación. Aun sus críticos reconocen que ha sido fundamental su aporte para que los negros y los pobres accedieran a la universidad. Y hoy no hablamos de Brasil. Hoy hablamos de América Latina.

Con la mirada puesta en este 28 de octubre, a mi juicio serán las mujeres quienes decidirán el futuro del país. Pues no sólo son más de la mitad de la población y están comprometidas como nunca antes: acaban de protagonizar una movilización multitudinaria e histórica para rechazar a Bolsonaro, al grito de #EleNão. Son ellas, nuestra gran esperanza. Y son la reencarnación colectiva de ese liderazgo que se volvió un símbolo universal y que se llama Marielle Franco. ¿O por qué decidieron asesinarla? Tan sólo por eso, por haber abierto la boca, por haber avanzado y por haber arrastrado a millones hasta las calles. Quisieron callarla, pero no pudieron. Y no podrán.

Digan lo que digan, ha llegado la hora de unirnos.

Ya no hay margen de error, no podemos confundirnos.

“Cuando se siembra la desconfianza, el miedo, el odio y el desprecio hacia la institucionalidad democrática, por más fragilidades y defectos que ella posea, lo que se construyen son las bases éticas y políticas de regímenes totalitarios y despóticos. El titular del periódico O Globo, el día siguiente del golpe de Estado que dio inicio a la dictadura militar que asoló Brasil por más de dos décadas fue: “resurge la democracia”. Medios de comunicación y empresarios golpistas, políticos y jueces golpistas, militares e iglesias pentecostales golpistas, se vuelven más fuertes y convincentes cuando las sociedades se despolitizan, cuando la narrativa democrática se vuelve sospechosa y la sociedad indiferente a una barbarie que se trivializa.

(…)

Brasil salió de la dictadura sin realizar un ajuste de cuentas con 21 años de opresión y violación al estado de derecho democrático. Cuando esto ocurre, las naciones suelen estar condenadas a repetir el pasado. Pero el pasado nunca se repite de la misma forma.

(…)

Pocos días antes de ser desposeída del cargo que hasta hoy debería ejercer, Dilma Rousseff le pidió a Tereza Campello, su ministra de desarrollo social, que hiciera una encuesta entre las mujeres que participaban del programa Bolsa Familia. Cuando les preguntaron si su vida había cambiado gracias a esta iniciativa, más del 90% de las mujeres consultadas dijo que sí, que había cambiado para mejor, mucho o muchísimo. Cuando les preguntaron por qué, más del 80% dijo: “gracias a Dios”. Fue estadísticamente irrelevante el número de mujeres que sostuvieron que su vida había mejorado gracias a la democracia, o gracias a la acción de un gobierno democrático.

En política no hay espacios vacíos. Y cuando los demócratas dejamos espacios vacíos, los ocupan los mercaderes de la fe, como las iglesias evangélicas pentecostales, los que trafican con la muerte, los profetas del odio, los fabricantes del miedo y de la desesperanza. Fueron esas ausencias y esas presencias las que parieron no uno, sino miles y miles de bolsonaros”

Fuente: https://elpais.com/elpais/2018/10/08/contrapuntos/1538983816_661454.html