“Duque no ama la paz negociada porque no le permite sacar adelante la narrativa de victoria”

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Por Natalia Arbeláez Jaramillo / La Silla Vacía

El presidente Iván Duque ha venido buscando un consenso entre los diferentes sectores políticos y la ciudadanía frente al tratamiento que debe dársele a la guerrilla del ELN. Sin embargo, le está siendo esquivo, porque aunque hay repudio generalizado, nacional e internacionalmente, con respecto al atentado, su decisión de no acatar los protocolos pactados por el Gobierno de Santos para la salida de la mesa de negociación, y su exigencia a Cuba de entregar a los comandantes del ELN que se encuentran en ese país, ha vuelto a dividir al país, sobre todo, de cara a lo que eso implica para una futura negociación con esa guerrilla o con cualquier otro grupo.

Dado que aparentemente tanto la opción de negociar como la de derrotarlos militarmente es lejana, para hablar sobre esto La Silla Académica entrevistó a Iván Orozco, profesor del Departamento de Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Los Andes, quien está próximo a publicar el libro: “Victimización horizontal y Paz negociada”, del cual publicamos algunos extractos y, con Oscar Palma, profesor de la Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la Universidad del Rosario, quien ha hecho varias investigaciones sobre teoría contrainsurgente y publicado entre otros artículos: “Transnational networks of insurgency and crime: explaining the spread of commercial insurgencies beyond state borders” y “A model for counterinsurgency success? Balancing achievements and failures in the struggle against the Revolutionary Armed Forces of Colombia (2003-2012)”, en proceso de publicación.

La Silla Académica: ¿Cuáles deben ser  las condiciones mínimas que se deben cumplir para que la gente esté cohesionada alrededor de un camino con el ELN?

Iván Orozco: Yo quiero empezar por una reflexión general sobre lo que significa negociar la paz, antes que por enunciar condiciones específicas para negociar con el ELN.

Es ingenuo pensar que se negocia la paz para salir de un conflicto caballeresco, en el que se respetan normas.

El mecanismo de las negociaciones para poner término a conflictos armados se ha utilizado a lo largo de una historia de tragedias de la humanidad para salir del infierno antes que del purgatorio.

Se negocia la paz para salir de un infierno en el que se cometen actos de terrorismo, infracciones del Derecho Internacional Humanitario, violaciones de los derechos humanos.

Es un error catastrófico que el Gobierno actual frente a un acto de terrorismo, perpetrado en el marco de un conflicto armado interno, con todo lo doloroso que pueda ser para la sociedad colombiana y para mi como colombiano, no sólo rompa una negociación sino que quiera, de paso, matar las condiciones procedimentales.

Oscar Palma: Las guerras asimétricas del siglo XXI se caracterizan por su degradación, por la violación sistemática de derechos humanos y el recurso al terrorismo como estrategia de un actor que es débil. Eso ocurre en Colombia, en África, en el Sudeste Asiático.

Terminar este tipo de conflictos no es igual a terminar una guerra regular, porque los dos actores no están jugando bajo reglas similares, como en los duelos con guante blanco.

La estrategia militar es importante para debilitar a los actores de ambos lados, y tras el atentado terrorista del ELN que puso en tensión a todos los actores, el recurso militar tiene que existir. En ese sentido estoy de acuerdo con que el Gobierno hubiera terminado la negociación, pero no creo que debe ser esa la razón para cerrarle la puerta a una negociación futura.

La simple lógica y la buena fe de las partes debería indicar que el Estado colombiano adquirió un compromiso con una organización en caso que el proceso se rompiera. Entendiendo que este tema es complejo en lo jurídico, a veces se siente que argumentar un cambio en las circunstancias con el ataque terrorista, que justifica el incumplimiento de los Protocolos, es hacerle el quite a lo pactado.

Pensar que uno puede, solamente, a través del poder militar, terminar este tipo de guerras, es tremendamente iluso.

L.S.A.: Iván, cuando dice que el Presidente está matando las condiciones de la paz negociada, ¿usted cree que eso puede tener implicaciones a nivel global en la resolución de conflictos?

I.O.: Totalmente. Entiendo que en una coyuntura política de alta indignación contra un actor armado, un acto terrorista pueda poner al Presidente contra la espada y la pared y obligarlo a romper una negociación como una manera de preservar su legitimidad. Pero no estoy de acuerdo con que un acto de terrorismo le sirva a un gobierno para impugnar acuerdos marco, como son los protocolos de terminación y de retorno, porque hace imposible negociar en el mediano y en el largo plazo.

Al decirle a la Comunidad Internacional que las políticas de paz del Gobierno Santos no vinculan al Estado y que el terrorismo mata la posibilidad de la paz negociada, le hace un daño tremendo al derecho internacional edificado desde sus comienzos sobre la posibilidad de que se utilice el instrumento de negociación para ponerle fin a las guerras, precisamente porque son atroces.

Con eso Duque invisibiliza la realidad de la guerra y la sustituye por la necesidad punitiva que se deriva del juicio moral de reproche sobre el acto terrorista.

L.S.A.: ¿Qué tendría que haber hecho el presidente Duque?

I.O.: Yo creo que el Gobierno Duque habría actuado de manera muy razonable si como en parte lo hizo, se hubiera dedicado exclusivamente a buscar aliados internos e internacionales, para repudiar el acto de terrorismo del ELN. Lo que hizo Duque fue, en cambio, buscar apoyos contra la diplomacia como recurso fundamental para salir del problema. Y en esa tarea no le ha ido muy bien.

Aunque la prensa lo minimice, después de mirar las declaraciones de los miembros del Consejo de Seguridad, a mi me queda claro que le dijeron ‘quieto, que la paz negociada es un bien superior y debe persistir en ella’.

Fue un error del Gobierno poner contra la pared a Cuba convirtiéndola en santuario de protección del terrorismo, al igual que al Reino de Noruega. Duque traicionó la buena fe de estados que se la jugaron por la paz de Colombia, a través de exigirles que incumplieran los compromisos por ellos adquiridos.

L.S.A.: Iván, usted dice en su artículo que el Acuerdo de la Habana reconocía el modelo de victimización horizontal, modelo que Duque rechaza porque cree, con Uribe, que lo que ha existido no es un conflicto armado sino una amenaza terrorista ¿Cree que con el manejo que le está dando al ELN lo ratifica?

I.O.: Mi sospecha es que en la lucha por las narrativas y en la necesidad de imponer un relato que distribuya de manera completamente asimétrica las culpas de la guerra, del cual resulten un Estado que tiene el monopolio de la condicion de víctima y unas guerrillas que tienen el monopolio de la condición de victimarios, el Centro Democrático impuso, a través del Gobierno, unas condiciones de negociación para el ELN que nunca iba a estar dispuesto a cumpiir y se sentó a esperar que esa guerrilla en su estupidez y en su arrogancia moral diera el golpe que dio de forma que encontró la ocasión para acabar con la negociación con el ELN y poner en tremendas dificultades la negociación con las Farc, porque lo que estamos a punto de vivir es el recrudecimiento dramático y la recomposición de la guerra en Colombia.

Lamentablemente, el Centro Democrático y los sectores de la sociedad colombiana que muy masivamente lo han acompañado, en la negociación con las Farc, estaban por un modelo de sometimiento unilateral de las guerrillas a la justicia del Estado de Derecho, cuando lo único que permite eso es la victoria militar.

Es ahí donde a veces siento que el nuevo gobierno, tan hipotecado en sus posibilidades de actuación a las demandas del Centro Democrático, no ama la paz negociada, porque no le permite sacar adelante la narrativa de victoria y de sometimiento de una derecha que quiere limpiar su nombre y el de sus líderes a cualquier precio.

L.S.A.: ¿A qué se refiere específicamente?

I.O.: A pesar de que el Gobierno Duque diga que respeta los acuerdos de la Habana, y de que en efecto, para que no se le incendie el país, esté buscando la reintegración de los ex combatientes de las Farc y  le esté prestando, atención a ciertas zonas muy golpeadas por el narcotráfico y la violencia, empujado por el Centro Democrático se la está jugando a muerte en la lucha por la narrativa, en la JEP y  en la Comisión de la Verdad y no va a cesar en su esfuerzo por derribar la legitimidad de esas instancias.

Dicho partido falló en el esfuerzo por crear judicaturas adicionales para los militares pero van a seguir a la espera de que la JEP tome decisiones como la de mantener a Santrich bajo su jurisdicción, para darle golpes mortales.

L.S.A.: Oscar,  dado que como apunta Iván Orozco, una posibilidad es que el Gobierno quiera apostarle nuevamente a la idea de una derrota militar de la guerrilla, en este caso del ELN, para sustentar su narrativa, ¿qué tan posible es eso, teniendo en cuenta los aciertos y los desaciertos de la Política de Seguridad Democrática que usted estudió en su artículo?

O.P.: Sí existe un recurso para avanzar en una lucha en contra del ELN.

Entre los aciertos en lo militar, se cuenta la profesionalización de las Fuerzas Militares desde finales de los 90 hasta 2012, de la mano del Plan Colombia con financiación de Estados Unidos y también de inversión nacional.

Este avance no ha consistido solamente en tener más soldados o más armamento sino en la forma como utilizamos la fuerza militar táctica y operativamente en el terreno, que en parte respondió a que hubo una serie de comandantes, como el General Padilla, el General Ospina, el General Mora, que fueron muy estudiosos de la contrainsurgencia y dieron un buen orden a las Fuerzas Militares.

La acción articulada en las zonas de influencia de las Farc, de comandos conjuntos, unidades operativas y tácticas para misiones muy específicas, brigadas de selva, batallones de alta montaña, fuerzas de tarea conjunta, fuerzas de despliegue rápido, ayudaron a reducir a la guerrilla de las Farc.

Hay un bagaje en la lucha contrainsurgente y una capacidad de adaptación que le ha permitido a las Fuerzas Militares actualmente, crear nuevas fuerzas de despliegue rápido en zonas de influencia del ELN como en Arauca, el Catatumbo y Tumaco.

I.O.: Yo me cuento entre quienes están convencidos de que los golpes militares que le dieron unas Fuerzas Armadas fortalecidas a las Farc fueron determinantes para que se sentaran a la mesa y negociaran de determinada manera.

Lamentablemente, el ELN no ha sido golpeado de la misma forma que las Farc, porque se le tuvo como un actor residual.

Las Farc eran la gran obsesión de las Fuerzas Militares en Colombia y el trabajo de inteligencia contra esa otra el ELN era mucho más pobre.

En ese sentido en el proceso de su adaptación a la confrontación con un nuevo enemigo no han reaccionado con la velocidad y la eficacia que muchos esperaban y de allí que estemos viviendo el drama tremendo de los vacíos de poder que se generaron en las zonas abandonadas por las Farc y ocupadas por el ELN y por otras bandas criminales. Tengo claro que esto no se logra sólo con presencia militar sino con presencia del Estado.

L.S.A.: En ese sentido ¿Qué tan fácil es aplicar la misma fórmula a una guerrilla tan diferente a las Farc como el ELN?

O.P.: ELN y Farc claramente no son lo mismo. El ELN puede estar fragmentado y es una guerrilla más descentralizada. Hay unos frentes que no es claro hasta qué punto obedecen al Coce y que responden más a un interés de ganancia. Es necesario una presión militar, aprovechando las fortalezas de las Fuerzas Armadas, por lo menos para cortarle la opción criminal económica a esas facciones cuya agenda política puede ser más débil, son entre otros, los frentes que participan de los mercados ilegales de Chocó, Catatumbo y Tumaco, por ejemplo. Es difícil con esa situación tratar de llegar de una vez a una mesa de negociación.

Entramos entonces en el terreno de las narrativas. Es importante distinguir entre qué están entendiendo algunos sectores del país como victoria militar y qué entienden los militares o muchos de ellos por victoria.

Muchos están pensándolo como la desaparición de todos y cada uno de los miembros del ELN porque son dados de baja o tomados presos, pero generalmente la victoria no se mide por eso sino porque el Estado gane la legitimidad frente a la población que está en los territorios de influencia del ELN y esto es teoría de contrainsurgencia básica escrita en los 50.

Es un error fortalecer la idea de que podemos acabar militarmente con el ELN, matándolos a todos y hacer que así se termine el problema.

La guerrilla del ELN tiende a ser más urbana que las Farc, en términos de milicias, de personas que están en la ciudad vestidas como nosotros, y derrotarlos militarmente es muy complicado por eso mismo.

I.O.: El ELN tiene la pretensión de ser movimiento social en armas. Tiene más milicianos que combatientes articulados a un ejército jerarquizado y visible. Sus cuadros están mimetizados entre la población y no están encampamentados. No es posible derrotarlos tirandoles bombas, ni el campo de batalla. A diferencia de lo que sucedió con las Farc que pudieron ser golpeadas militarmente, al ELN hay que derrotarlo, sobre todo, en el plano de la legitimidad.

Con el ELN, el riesgo que se corre es que en el esfuerzo por golpearlo militarmente se caiga en violaciones masivas de derechos humanos que van a ser tremendamentes deslegitimadoras para las Fuerzas Militares y para el Estado colombiano y más, si tenemos al frente del Ministerio de Defensa a un hombre que dijo públicamente que las manifestaciones y la protesta social sólo eran legítimas cuando eran de mayorías, en un país en el cual no podemos sino esperar a que se incremente la protesta social en parte dadas las expectativas generadas con el Acuerdo de Paz y la frustración con los incumplimientos. Luego, hay un riesgo de que los militares caigan en la trampa de golpear organizaciones de la sociedad civil buscando guerrilleros vestidos de civil.

L.S.A.: Oscar, usted dice que una de las estrategias más efectivas de la Política de Seguridad Democrática fue ver la lucha contra la insurgencia como una competencia por el apoyo de la población ¿el hecho de que subsistan otros grupos como el ELN con apoyo social, no demuestra que se fracasó en el intento?

O.P.: A veces se piensa que la lucha contrainsurgente es una función de las fuerzas militares y de policía y, ese fue un error que Colombia cometió históricamente. La Política de Seguridad Democrática se basó en parte en reconocer que era una tarea del Estado en su totalidad y que había que hacer un esfuerzo político, además de militar.

Sin embargo, no se logró llevar la institucionalidad a todos los lugares abandonados del país. Algo que en todo caso no ha sucedido desde 1810. Es un esfuerzo tremendamente costoso, si se le agrega además el elemento geográfico del país y, no es un objetivo de corto plazo.

Y el Estado ha sido lento en llenar esos espacios dejados por las Farc que hoy está ocupando el ELN, de la mano del control de las economías ilegales.

L.S.A.: En línea con una de las falencias de las que habla Oscar que es el abandono del Estado. Una de las características del ELN es el apoyo que tiene, o que por lo menos  ha tenido en ciertos sectores de las poblaciones donde hace presencia. ¿Cómo puede el Estado competir por la legitimidad contra esa guerrilla?

O.P.: En muchas regiones del país triunfa la economía ilegal porque no existe ninguna otra alternativa y los actores armados se convierten en los proveedores de servicios y de actividades que les permiten a las poblaciones de sus zonas de influencia sobrevivir. Con razón, una investigación de Brookings Institution en Washington señala que en esos lugares la legitimidad es del actor armado y no del Estado. Cuando éste dice que va a erradicar, se convierte además en su enemigo. El Estado tiene que competirle llevando la institucionalidad a esas zonas y generando otras oportunidades para la gente.

I.O.: Se dice que por su origen, más articulado a la Teología de la Liberación, con más presencia de curas y monjas, etc., es una guerrilla más mística, más construida desde la superioridad y la arrogancia moral de su dirigencia, una guerrilla que ha sacralizado los fines que persigue, y el problema con esto es que justifica cualquier medio para alcanzar objetivos que tienen un valor religioso y absoluto, de ahí que encuentren lícito un acto de terror y un involucramiento masivo en la economía del narcotráfico.

Es cierto que durante mucho tiempo su moralismo le permitió al ELN resistirse a entrar en el negocio del narcotráfico, pero una vez que entró de lleno, eso opera al revés. Por eso es ingenuo pensar que la guerra con el ELN va a ser regularizada y que va a discurrir a través de métodos caballerescos de lucha. La altura de los fines del ELN siempre va a justificar medios brutales y lecturas caprichosas del DIH que les permitan hacer lo que hacen.

De otro lado, cuando cualquier guerrilla o actor armado entra en una relación de involucramiento masivo con el narcotráfico quedan condenados a irse al infierno, porque el poder de corrupción es muy alto, y entonces termina por generar la existencia de frentes muy poderosos que siguen creyendo que representan la pureza sagrada de unos ideales revolucionarios pero que en la práctica están carcomidos hasta el tuétano por el narcotráfico.

O.P.: Complementando lo que dice Iván, frente a un ELN que es más urbano e intelectual, Colombia cometería un enorme error satanizando muchos sectores políticos cercanos al ELN,  tildándolos como pasó en el pasado, de que son miembros mismos de la insurgencia y que por eso deben ser combatidos. Esto sólo se gana cuando el Estado tiene la legitimidad frente al actor armado y estigmatizar sólo lleva a lo contrario.

En la teoría contrainsurgente que es lo que he venido estudiando, al enemigo no siempre se le debe ganar la guerra de las ideas, usted puede continuar con ellas siempre que no las use para hacer la guerra. Hay es que convencerlos de que pueden hacerlo a través del sistema democrático. Esto lo hicieron los británicos en la lucha contra la contrainsurgencia en Malasia, por ejemplo.

I.O.: De allí la importancia de salvar la categoría del delito político. Si uno permite que quede reducida a la del narcoterrorista, se niega la posibilidad de decirle en una mesa de negociación al guerrillero que tiene al frente: ‘preserve sus ideas, pero abandone las armas’, ese fue el fundamento de la negociación con las Farc para que reinvidicaran sus ideas en un contexto no violento, por lo que tienen de valiosas en un país con profundas desigualdades sociales y políticas. Si se elimina esa posibilidad no queda sino espacio para el puro sometimiento humillado. Y alcanzar ese propósitp es muy difícil y muy costoso.

L.S.A.: Oscar, frente a la discusión de si las Farc se convirtieron en un cartel de droga, discusión que aplica también para el ELN. Usted dice que eran una insurgencia comercial ¿A qué se refiere con eso y cuáles son los efectos en la formulación de la estrategia militar y política para combatir una guerrilla?

O.P.: Hay organizaciones que mezclan las dos cosas, que tienen un objetivo político pero a la vez un objetivo criminal o económico. Por eso en las investigaciones académicas se ha avanzado en una tercera categoría de organizaciones híbridas. Se falla cuando se ve la guerrilla del ELN como un monolito, como una sola cosa. Las personas que están adentro persiguen objetivos distintos. Por eso la respuesta del Estado no puede ser una sola.

I.O.: En línea con lo que señala Oscar, lo que en realidad nos encontramos en términos de los individuos y de las organizaciones, es un continuo que en un extremo tiene al tipo ideal del delincuente político, es decir, una suerte de caricatura de persona motivada exclusivamente por intereses altruistas y en el otro extremo al delincuente común entendido como aquel individuo fundamentalmente egoísta. Lo cual implica que pueda haber organizaciones que están mucho más a un extremo que a otro, pero también en lugares intermedios de ese continuo, lo cual, además, puede variar a lo largo del tiempo.

Por eso también hay que tener cuidado con viejas tesis, muy sacralizadas, de que sólo se puede negociar con delincuentes políticos, pero no con terroristas ni con los delincuentes comunes, porque a éstos se los derrota. Dadas las condiciones de los seres humanos por su estructura motivacional y emocional, en principio se puede negociar con cualquiera. Lo que pasa es que dependiendo de que las motivaciones sean más altruistas o más egoístas, los incentivos que se les pueden ofrecer, para negociar de forma exitosa, son distintos.

Con el Clan del Golfo, por ejemplo, puede tener menos sentido una oferta que involucre la adopción de políticas de bienestar de la sociedad en su conjunto, y más sentido ofrecerles beneficios que garanticen su propio bienestar y el de sus familiares en el futuro. Por eso es tan importante salvar en la actualidad el valor de la paz negociada, tan dramáticamente amenazado por la cultura de la lucha contra el terrorismo, de la lucha contra el narcotráfico y por el punitivismo humanitario.

El problema fundamental que tiene negociar con narcotraficantes es que es un enemigo que corrompe desde adentro el Estado y resulta muy difícil a veces en la práctica, saber si se trata de una verdadera negociación, o de un trato de un pacto “yo con yo” como del que hablaba Piedad Córdoba cuando Uribe negoció con los paramilitares. Pero ese es un problema que implica un trabajo serio de inteligencia y no un problema filosófico.

L.S.A.: En relación con el narcotráfico como combustible de la guerra, ¿ustedes creen que mientras la droga siga siendo ilegal Colombia va a poder derrotar a los grupos criminales como el ELN o impidiendo que surjan o se mantengan otros?

O.P.: El Presidente Nixon cometió un gran error al decir que las drogas son el enemigo público número uno. Eso lo han dicho muchísimas investigaciones y hasta varios nobel de economía.

El mundo ha avanzado en esa discusión. En Ungass 2016, se dijo que debía dársele un tratamiento más basado en la prevención, en el manejo del consumo de las drogas como un asunto de salud pública y por eso en la no criminalización de la persona que consume. El gobierno del expresidente Santos avanzó en esa dirección.  Y esa es la perspectiva correcta, pero Colombia no puede hacerlo solo sino en conjunto con la comunidad internacional.

I.O.: Hace 30 años pensé que me iba a dedicar a ese tema. Pero desistí porque llegué a la conclusión de que el problema estaba en el prohibicionismo que se agrava en países como Colombia con dramas de articulación de Estado y sociedad, donde como dice Oscar, la relación entre centro y región no mejora de manera sustancial desde el siglo XVIII. Y como mover las políticas prohibicionistas es un programa de escala global y no nacional, me di cuenta que nos íbamos a pasar toda la vida en lo mismo sin lograr nada.

Lamentablemente el gobierno Trump nos regresa a la lucha contra las drogas de la manera más clásica, y segundo, el gobierno Duque, desafortunadamente en esa materia ignora las tradiciones liberales y sustituye el derecho, por la moral. Resolvió criminalizar no solamente el narcotráfico sino el consumo, con lo que nos regresa a una situación muy difícil, en la medida que se tomen en serio este asunto del microtráfico sin poder definir la frontera con la dosis personal, en un país que tiene unos problemas de hacinamiento carcelario inauditos. Además va a derivar en un incumplimiento de las obligaciones generadas con el Acuerdo de la Habana.

L.S.A.: Iván, usted habla de una recomposición del conflicto armado como consecuencia del manejo que le ha dado el Presidente a la salida de la mesa de negociación entre lo que se cuenta no sólo el anuncio de incumplir los Protocolos sino el reconocimiento por parte de Duque de Guaidó como presidente de Venezuela ¿cuál sería esa recomposición del conflicto?

I.O.: Nos vamos a encontrar con una situación insostenible en las zonas de frontera, si se agrava la crisis con Venezuela, en la medida que Maduro se estabilice y no lo tumben, porque las fuerzas militares venezolanas finalmente se pongan de su lado, y ese país rompa relaciones con Colombia como rompió relaciones, el miércoles, con USA.

Vamos a tener a un gobierno y a unos militares venezolanos que no solo no van a estar dispuestos a apoyar operaciones de frontera, sino que van a cobrar con celo cualquier centímetro de territorio venezolano que ocupe el Ejército colombiano tratando de perseguir la guerrilla.

Por otro lado, rotas las negociaciones con el ELN, el Estado colombiano se va a ver avocado a una confrontación larga, de acomodación de fuerzas, alimentada por la esperanza de que lleguen a ser golpeados hasta el punto de que se puedan sentar en una mesa a negociar su sometimiento.

Pero no dejo de pensar que hay elementos de la coyuntura que podrían dar lugar a una recomposición más rápida de la situación. En ese sentido yo creo que puede resultar muy positivo, el golpe que simbólicamente le dio el miércoles el Consejo de Seguridad al Gobierno diciéndole siéntese a la mesa.

En este momento en que nos encontramos en un atolladero por la imposibilidad de traer a los negociadores del ELN y la de no traerlos, a Colombia, y dado que no está resuelta la situación de Venezuela, con el drama de un doble gobierno actuando, ese país se ha convertido en un lugar inseguro para el retorno del equipo negociador y para su comandancia general, factores a los cuales se suma el repudio tanto nacional como internacional al atentado terrorista que acabó con la vida de tantos jóvenes, uno podría decir que esa guerrilla está sometida a mucha presión. Acaso es un buen momento para sugerirle al ELN que haga un gesto como el de liberar a los secuestrados que le sirva de ocasión al Gobierno colombiano para acoger la intención del Consejo de Seguridad y regresar a la negociación.

Encuentro elementos que pueden indicar que el ELN podría decir: “atendiendo al llamado de Naciones Unidas, hago un gesto de buen voluntad” y a un Gobierno que pese a todo lo que ha dicho de incumplir los Protocolos y de que va con todo para la guerra, también pueda decir “atendiendo al llamado de Consejo de Seguridad… nos volvemos a sentar”, lo que implicaría en todo caso, un distanciamiento del Centro Democrático.

O.P.: En términos militares y hay un concepto básico que es el de comando y control que es esencial para cualquier jerarquía militar e implica comunicación, cuando ésto no existe,  las unidades comienzan a hacer lo que consideran que está bien de acuerdo a sus propios criterios.

A mi me preocupa que todo este episodio lleve a una mayor desconexión entre los Comandantes del ELN, de quienes están más dispuestos a sentarse en la mesa de diálogo, y cuyo destino final aún desconocemos, y, la tropa, de manera que más adelante, haga más difícil una negociación.

Fuente: https://lasillavacia.com/silla-academica/trabajo-colectivo/duque-no-ama-la-paz-negociada-porque-no-le-permite-sacar-adelante