Elecciones en Colombia

Por Juan Diego García

El domingo 17 de junio se celebra la segunda vuelta de las elecciones presidenciales en Colombia. Los candidatos son Iván Duque de la derecha y parte del llamado centro, y Gustavo Petro, a quien apoyan parte del centro y de la izquierda. El voto en blanco parece que será más amplio en esta ocasión que en votaciones anteriores y recoge básicamente a sectores del centro, la derecha y algunos grupos menores de la izquierda. Parece que la abstención descenderá un poco con relación al nivel tradicional, o sea, que rondará el 50% del censo electoral, confirmando que en Colombia al menos en el último medio siglo más de la mitad del electorado no acude a las urnas. Aunque los comentaristas apenas se detienen en la abstención (el asunto tampoco parece preocupar mucho a los analistas) el fenómeno resta sin duda mucha legitimidad y apoyo a cualquiera que salga elegido.

El candidato Duque, un personaje de escasas luces pero hijo de un anterior gobernador, mantiene así la tradición colombiana de la llamada “clase política” que constituye en buena medida una casta muy cerrada en la cual los hijos heredan el contingente electoral de padres y abuelos. A Duque lo definen como una marioneta de Uribe Vélez, líder de la extrema derecha. Su programa mantiene en lo fundamental el modelo económico actual (el llamado “extractivismo”), el sistema político (excluyente, primitivo y violento) y un orden social caracterizado por grados de desigualdad escandalosos. En las relaciones exteriores (un tema apenas tocado por los candidatos) Duque garantiza la supeditación humillante de Bogotá respecto a Washington, algo muy inquietante sobre todo por el reciente vínculo del país a la OTAN (rompiendo con el acuerdo regional de apostar por la paz como principio rector) y una posible participación directa de tropas colombianas en una no descartable invasión a  Venezuela, “para instaurar la democracia”, por supuesto, y de paso asegurar a los Estados Unidos el control del petróleo venezolano.

Las promesas de Duque de combatir la corrupción, la impunidad, la inseguridad y otros males que aquejan a las mayorías sociales resultan medidas en las que nadie cree (promesas electorales de rigor) o sencillamente reformas menores que apenas cambian nada.

El candidato Petro, exguerrillero del M-19, fue alcalde de Bogotá (con éxitos parciales y sin casos de corrupción que le afecten, algo ya muy raro en el escenario político de este país andino) y ha sido un parlamentario muy brillante denunciando al paramilitarismo de la extrema derecha. Si Duque no se distingue precisamente por sus luces como hombre público (lo opaca siempre la sombra incómoda de su padrino Uribe Vélez) a Petro se le critica su difícil personalidad que dificultaría la gestión de un frente tan diverso como el que le apoya. Si Duque gana como pronostican las encuestas, tendrá que lidiar con la tutela de su padrino Uribe, con las presiones de los grupos de la extrema derecha (sobre todo del campo y de provincia) que intentarán que “haga trizas” el acuerdo de paz con las FARC-EP, y con las exigencias de la gran burguesía (y la embajada de marras) que estarán atentos para que no se introduzcan medidas inconvenientes.

De todas maneras, si Duque no tiene una ventaja considerable en las urnas, aunque cuente con respaldos mayoritarios en el Congreso, tendrá que hacer frente a una oposición social popular nada desdeñable. Y ese sería precisamente el elemento más destacable del panorama futuro para el nuevo gobierno y el fenómeno social que explicaría el ascenso vertiginoso de la candidatura de Petro, quien podría imponerse a las maquinarias políticas tradicionales, a la campaña montada en contra suya por los medios y a las fuerzas más oscuras de la sociedad colombiana; inclusive podría romper la abstención tradicional. Si los factores positivos se incrementan y los negativos disminuyen podría ser que Petro rompa, por primera vez en la historia del país, con la tradición de presidentes que siempre han representado a la gran burguesía, a la clase dominante del país.

El programa de Petro propone  abandonar gradualmente el modelo neoliberal superando el “extractivismo” (exportación de petróleo, carbón y otros minerales), impulsando el tejido económico nacional (industria) y buscando que el país asegure la llamada “soberanía alimentaria”, todo lo cual supondría revisar a fondo o sencillamente renunciar a los tratados de libre comercio que han hundido la producción nacional del agro y la industria (si Trump abandona o revisa esos tratados ¿por qué no pueden hacerlo los demás?). Petro promete aplicar fielmente los acuerdos de paz (que son un compromiso formal del Estado colombiano), algo que supondría igualmente avanzar en la reforma agraria y en la modernización y democratización del sistema político.

Nada de esto gusta a los gremios económicos que ya han manifestado su apoyo a Duque. De ganar Petro estaría obligado a consensuar con las fuerzas de izquierda y de centro que le apoyan y necesitaría una movilización popular de suficiente dimensión para neutralizar todas las fuerzas reaccionarias que harán verdaderas sus actuales amenazas. Petro va a necesitar la creciente, organizada y consciente movilización social en favor del cambio, de la paz y de la superación de la exclusión sistemática de la oposición social y política. Será la primera vez que un movimiento popular, no controlado por las oligarquías de siempre, llegase al gobierno y desde las instituciones y con el apoyo ciudadano emprenda las reformas democráticas y de modernidad que la clase dominante jamás ha llevado a cabo (motivos no les faltan: el atraso y la dependencia son su mayor fuente de beneficios).

La tarea no es fácil, sin duda. Pero de conseguir abrir nuevos horizontes para las gentes laboriosas del país andino, Petro inauguraría de verdad un nuevo período básicamente diferente en la historia del país; el mismo proceso de cambios que en su día intentó el asesinado líder popular Jorge Eliecer Gaitán y por el que tantos dirigentes populares han sido eliminados de forma sistemática en la “mayor democracia del continente”, como suele declamar con orgullo la burguesía criolla.

En esta oportunidad deseo aprovechar la ocasión para pedir a mis conciudadanos que el próximo domingo demos nuestro voto a la Colombia Humana de Gustavo Petro, para evitar en lo posible un triunfo de la extrema derecha, e inaugurar un nuevo período para nuestro país; un período que no esté caracterizado por el futuro gris que hoy nos agobia, por la violencia como una suerte de maldición insuperable y por la supeditación de las mayorías a los intereses de una oligarquía mediocre. Si Petro no gana es indispensable continuar con la movilización pues la lucha continúa; y si logra vencer en las urnas, esa movilización será aún más necesaria.

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