La hegemonía conservadora y la dificultad de decir lo que se piensa en Colombia

Por Luciana Cadahia

Hace unos días un sitio web de cierto renombre en Colombia llamado la Silla Vacía -hago la aclaración para los amigos extranjeros que no lo conocen, incluso yo misma no lo conocía hasta hace un tiempito-, me hizo una entrevista (https://bit.ly/2FJsgQx) para hablar sobre populismo. Como era de esperar, la entrevista se enfocó -algo que yo no busqué- en la figura de Álvaro Uribe y Gustavo Petro. A partir de ahí todas las preguntas iban hacia la necesidad de que yo afirmara lo siguiente: “Petro y Uribe son populistas” ergo “son peligrosos, dictatoriales y cualquiera de estas dos alternativas llevarán a Colombia a la ruina”. Todo mi esfuerzo consistió en decir que: a. No puedo saber lo que va a pasar en ese país porque soy teórica, no adivina; b. Que me parecía un uso muy empobrecido de las ideas caer en semejantes argumentos y, c. Que desde mis estudios sobre el populismo era importante hacer distinciones, matices y aclaraciones importantes -sobre todo porque en Colombia no se conoce tanto este tipo de estudios-. Poco a poco la entrevista se interesaba menos por mis conocimientos y más por mis opiniones sobre las elecciones en Colombia, así que traté de mostrar, desde la teoría, en qué sentido todos los candidatos tenían elementos populistas y que no necesariamente eso era algo malo. Más aún, como se enfocaron en los “peligros de Petro”, lo que hice fue mostrar que no tenían fundamento teórico para tal advertencia y que sus propuestas me parecían buenas, al igual que las de Humberto de la Calle y, en menor medida, las de Fajardo. También expliqué por qué creía que las de Duque implicaban un retroceso -quizá me faltó hablar de Vargas Lleras-.

Tras esa entrevista, con reflexiones que combinaban mi apreciación sobre algunos logros de los progresismos latinoamericanos, lo que no se me perdonó fue que: a. No estigmatizara a Petro y b. Que hablara de logros regionales por fuera del ethos neoliberal. He sido entrevistada en varios países, sobre estos mismos temas y eso nunca ha generado mayor revuelo. Sin embargo, lo sorpresivo de esta experiencia es que comenzaron a insultarme y rebajar mis palabras porque yo había explicitado posiciones políticas y porque no había hecho un “uso objetivo” de mis ideas. No sé qué entienden en los medios y cierta academia colombiana por estas cosas, pero lo cierto es que la cadena de insultos y odio generalizado hacia mi persona -incluso un twittero feliz dijo que debían llevarme a la caballeriza: lugar de tortura durante el gobierno de Turbay (1978-1982) en Colombia- no hace otra cosa que evidenciar la hegemonía conservadora y la dificultad de decir lo que se piensa y pensar lo que se dice y hablar con compromiso político. La anomalía es que se haya instaurado la idea de que un académico no pueda tener preferencias políticas, la enfermedad es creer que un test de mentiras para los candidatos -algo propio de estados dictatoriales- es algo normal para una sociedad, la violencia es no permitirle a los colombianos pensar críticamente sin que las élites periodísticas traten de hacer man explaining (o woman explaining) a cada cosa que uno trata de decir.

Tengo la impresión que esta forma tan elitista, robotizada y falsamente objetiva de entender el periodismo, la cultura y la política está muriendo junto con una generación y eso es lo que ha desatado la rabia de tanta gente. Celebro las nuevas generaciones de Colombia que están poniendo fin a esta hegemonía uniandina -como señalaba lúcidamente la escritora colombiana Carolina Sanín- de pensar la cultura y la política. Por suerte, se vienen nuevos aires: más críticos, democratizadores, frescos, honestos y menos pretenciosos. ¡Ay, caray!

@lucianacadahia

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