La paz, una conquista pendiente en el mundo

Por Rodrigo Borja

Con la conclusión de la “guerra fría” la humanidad empezó a respirar tranquila. Pensó que se abría un período histórico de distensión y de paz. Pero los problemas no terminaron. Nuevos conflictos políticos, étnicos y religiosos sustituyeron a los anteriores y se desvaneció la ilusión de que vendría un período de paz y de prosperidad económica y de supresión o disminución de los presupuestos militares, y que la armonía presidiría las relaciones entre los hombres y los pueblos. La realidad ha sido diferente. Nuevos conflictos y tensiones nuevas surgieron o se agudizaron en el Oriente Medio, Siria, Corea, Somalia, Sudáfrica, Bosnia, Sri Lanka, Checoeslovaquia, Polonia, Haití, El Salvador, Honduras, Venezuela, Chechenia, Liberia, Argelia, Ruanda, Burundi, Zaire, Kosovo, Afganistán, Irak, Libia y otros lugares del planeta. Parece que el hombre no está habituado a vivir en paz. Se aleja de un conflicto y busca otro. Y han surgido sentimientos de racismo, xenofobia y trasnochados nacionalismos que creíamos superados por el tiempo y la civilización

La violencia tiene motivaciones inconscientes que deben encontrarse en los afanes agresivos del hombre, en su egoísmo -y su egotismo-, en la envidia, venganza, inclinación destructora, complejos de inferioridad que conducen a la iracundia, odios raciales, políticos y religiosos, nacionalismos morbosos, misantropía, megalomanía. Y cuando un hombre con una o más de estas aberraciones tiene poder rompe la paz e implanta la violencia en sus diversas manifestaciones modernas: autocracia, guerra, represión política, campos de concentración, paredones de fusilamiento, terrorismo, explotación económica, intolerancia religiosa, depredación del medio ambiente, guerras sucias. La paz externa, como es lógico suponer, es un fruto multinacional: es el resultado de la amigable relación y concertación entre los Estados.

Pero hay también una serie de peligros no militares contra la paz: la explosión demográfica, los movimientos migratorios, pobreza, injusticia social, desempleo, fanatismos étnicos y religiosos. Todos ellos son amenazas de dimensiones planetarias contra la paz y la seguridad de la humanidad, que se extienden por encima de las fronteras nacionales. Todo lo cual demanda educar a las sociedades en la ética, la tolerancia, el diálogo, la libertad, la igualdad, la solidaridad, el pluralismo y el respeto a otras etnias, culturas, civilizaciones, religiones, opiniones políticas, orígenes nacionales. Este es el camino eficaz, en la perspectiva de futuro, y allí nada pueden hacer los arsenales atómicos ni los misiles intercontinentales, por poderosos que sean.

La paz, entendida en su más amplia concepción y no sólo en la dimensión militar de la palabra, es todavía una conquista pendiente en el mundo.

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