“La subjetividad es el botín de guerra del neoliberalismo porque la economía es el método pero el objetivo es el alma”

Por Fabiana Solano / Revista Independencia de Argentina

En una entrevista de alto impacto teórico Jorge Alemán, psicoanalista y escritor argentino, nos acerca a la tesis desarrollada en su último libro “Horizontes neoliberales en la subjetividad”, que plantea que en el capitalismo actual la subjetividad “es el botín de guerra” por el cual se ponen en marcha desde el poder dispositivos de deshistorización y desimbolización que sitúan a la política como parte de la sociedad del espectáculo. Ante esta situación subraya la importancia de sostener el testimonio, la militancia, y la articulación desde los proyectos emancipatorios.

-En relación a su último libro “Horizontes neoliberales en la subjetividad”, me interesaría que pueda profundizar cómo se construye la subjetividad en relación a la idea de sujeto que ya no necesita de dispositivos externos, sino que en la coyuntura actual el capitalismo ha logrado que los incorpore al mundo de lo privado.

La frase más ejemplar que ilustra esto es la que dijo Margaret Thatcher: “la economía es el método, el objetivo es el alma”. Hoy en día hay una mutación en el capitalismo, y la subjetividad es el botín de guerra. Eso excede el concepto clásico de alienación que era ‘una parte de uno mismo tomada por todo el aparato de dominación’. El neoliberalismo es la primera instancia histórica que intenta construir la subjetividad de tal manera que el sujeto tenga cada vez menos recursos simbólicos, herencias históricas, y legados donde poder interrogar su propia existencia, y quede absolutamente a merced de una construcción permanente de subjetividades volátiles, efímeras, sostenidas en determinadas identificaciones. Un ejemplo de esto se ve si usted va a cualquier lugar del planeta y prende la televisión. Cambiando los personajes, las matrices de los programas en las horas pico son absolutamente equivalentes, así como las lógicas que apuntan a que el sujeto se deshistorice, pierda toda relación simbólica con las experiencias históricas constitutivas, y en particular que se vaya despolitizando. Eso implica que no entienda la política como una experiencia de transformación, sino como parte de la sociedad del espectáculo. Como si la política fuera algo más del gran decorado general y no algo que verdaderamente interroga al propio sujeto en su historia personal. Entonces, en ese aspecto, sí hay un nuevo cambio de ordenamiento y una forma nueva de disciplinamiento. Porque han construido a través de estos dispositivos neoliberales nuevas figuras del emprendedor de sí mismo y la mutación de la pobreza. En donde antes había insatisfacción de necesidades básicas, ahora hay consumo, celulares, armas de todo tipo, plasmas, marcas falsas. Es decir, han introducido el exceso y la lógica del consumidor consumido al interior mismo de la pobreza. Luego está la figura del desempleado estructural que no trabaja nunca pero igual sigue produciendo plusvalía porque sigue siendo un consumidor. Con lo cual se ha desarrollado un nuevo tipo de operación en donde efectivamente ya no podemos pensar tan fácilmente cómo se construye un sujeto político.

-¿Y en ese marco cuál será el nuevo rol de la política? ¿Cómo se puede, desde allí, construir dispositivos que contrarresten las consecuencias de los procesos de deshistorización?

Bueno, yo trato de pensar desde mi lado optimista que el crimen no es perfecto. Para que no sea perfecto hay que pensar que el presente, por injusto que sea, no logra que la historia lo sea. La historia no le dio la razón a Pinochet, no se la dio a Franco ni a Videla, y no se la va a dar a Macri. Es decir, la única cuestión simbólica que nos queda como recurso es -todo el tiempo- la historia comprendida desde un sentido amplio: tanto nuestra relación con la memoria pasada, como lo que en esa memoria se abre al porvenir. Esa es la precondición, para mí, de cualquier experiencia política. Y la idea de hacer de la política algo no meramente profesional, sino algo existencial.

-Pero cuando hablamos de historia tenemos que tener en cuenta que se trata de una construcción colectiva, dónde ahí también entran en conflicto los imaginarios sociales y la lucha por el sentido común ¿Cómo construir la Historia en un marco donde los mismos dispositivos hacen que se visibilicen ciertas cosas y oculten otras?

Ahí tiene una importancia tremenda el testimonio. Será frágil, puede ser vulnerable, pero Argentina en ese sentido tiene un gran tesoro, porque aquí tuvo lugar el testimonio. Gracias a una política de Estado el testimonio no fue exclusivamente testimonial, ni una cuestión de archivo, ni una cuestión administrativa, sino que se transformó en un hecho político. Sin testimonio -si verdaderamente se cumple la deshistorización, la desimbolización– que se propone, el crimen es perfecto. Lo que genera un obstáculo a ese crimen es la transmisión y el testimonio, y eso es una militancia.

-En este sentido estaba pensando cómo se logró en Brasil dar el Golpe contra Dilma Rousseff a través de un efecto de poder que se viene gestando, incluso desde antes de las elecciones presidenciales, de forma  mancomunada entre los medios de comunicación, la justicia, y los legisladores, que logró que el apoyo a su gobierno pase de un 50 por ciento a 20 en pocos meses.

Esa es la discusión que siempre tuve con Ernesto Laclau, quien hablaba de hegemonía neoliberal y hegemonía popular. Yo creo que el neoliberalismo no es una hegemonía en el sentido estricto, sino que es un poder, es la estructura del poder contemporáneo. Y una de la cosas que intento dilucidar en mi libro es la diferencia entre el poder y la hegemonía. La hegemonía es siempre frágil y está construida contingentemente, no tiene más recursos que lo simbólico. La hegemonía tiene que ver con la memoria, con la militancia, con el testimonio, con la transmisión, y tiene que ver con poder articular diferencias en un proyecto colectivo. Mientras que el poder tiene una potencia de homogeneización que llega hasta el último confín de la vida. Entonces aquí tenemos un gran problema, una gran disimetría. Yo hubiera preferido seguir diciendo -como lo hacía Laclau- la hegemonía neoliberal o la hegemonía popular, pero no estamos en ese plano simétrico, lamentablemente el neoliberalismo es una estructura de poder. La hegemonía en tanto es una construcción que tiene herramientas, en principio más débiles, más frágiles, que sin embargo son las únicas que valen la pena, porque sin ellas vamos hacia un mundo que no presenta ningún tipo de incertidumbre, vamos hacia un mundo insostenible. Por eso pienso que los verdaderos proyectos emancipatorios son conservadores, no en el sentido de la política, sino que abren una discusión sobre aquello que merece ser conservado. Hoy en día el que está dispuesto a no conservar nada, a llevarse todo por delante, a erosionar todos los lazos sociales, a destruir todas las tradiciones, y todos los elementos simbólicos que le permiten a un sujeto soportar una experiencia política, es el neoliberalismo. Ahí hay una tensión que no puede pasar inadvertida aunque parezca un poco trágica, porque es muy asimétrica esa estructura del poder contemporáneo que encarna el neoliberalismo en relación a las construcciones hegemónicas que siempre son más aleatorias y contingentes. La apuesta es entonces a la huella histórica que depositan éstas últimas, porque cuando una experiencia transformadora toca algo verdadero, un punto de encrucijada, siempre retorna.

Revista Independencia, Buenos Aires.

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