Las nobles armas

Por Leila Guerriero

¿Cómo fue que llegamos hasta aquí? ¿No había cierto consenso acerca de que el trabajo de gente como Rodolfo Walsh (el periodista argentino que publicó en 1956 Operación Masacre, una investigación que echó luz sobre el fusilamiento de doce civiles por parte de la dictadura de entonces) era necesario? ¿No eran un emblema del oficio Bob Woodward y Carl Bernstein, reporteros del Washington Post que revelaron el escándalo cuya consecuencia fue la dimisión de Richard Nixon? ¿No solíamos celebrar el Relato de un náufrago, de Gabriel García Márquez, que develó que un buque militar colombiano había naufragado no por causa de una tormenta, como decía la versión oficial, sino debido a su carga, que consistía en mercancía de contrabando? ¿No fue en 2015 que se aplaudió el Nobel de literatura entregado a la periodista bielorrusa Svetlana Alexiévich por, entre otras cosas, sus investigaciones sobre el accidente en la central nuclear de Chernóbil, que expusieron tanto el desamparo de las víctimas como la negligencia en torno a lo ocurrido? ¿Cómo pasamos de eso al comentario que leo ahora en la revista Anfibia, al pie de un texto sobre periodismo y política del colega y académico Ómar Rincón? El comentario dice: “¿Qué carajo se creen que son los periodistas? Trump tiene razón, no son más que una manga de mercenarios a sueldo de grupos de poder, salvo algunas excepciones (…) A los periodistas les digo: ¡váyanse a la puta que los parió!”. ¿Eso decimos a coro: Trump tiene razón, la puta que los parió a Walsh, García Márquez, Alexiévich, Woodward, Bernstein?

Creí que había sido en 2010 o 2009. Pero no. Sucedió a comienzos de 2016, el annus horribilis en que el periodismo fue defenestrado por cegarse tozudamente a lo que iba a suceder (el triunfo del Sí al Brexit en Gran Bretaña; el triunfo de Trump como presidente de los Estados Unidos; el triunfo del No en el plebiscito por los acuerdos de paz con las Farc en Colombia), o por ayudar a que eso sucediera fogoneando noticias falsas. En febrero de ese año, Spotlight, un film acerca de la investigación con la que el Boston Globe denunció abusos sexuales por parte de sacerdotes de la Iglesia Católica, ganó el Óscar a la mejor película. Antes y después, recibió decenas de premios y las críticas destacaron su forma de reflejar la épica tediosa del oficio, la pequeña orfebrería cotidiana que termina en eureka porque se han hecho las cosas bien: porque se han metido las narices con paciencia y sin prejuicios en una oscuridad intocable y se ha sostenido la fe en que no es lo mismo contar que no contar, ni contar bien que contar de cualquier manera. Entonces, ¿cómo fue que llegamos aquí? A este momento en que los poderosos dicen “¡El periodismo miente!”, y los ciudadanos replican, cual coro griego, “¡Miente, sí!”. ¿Cómo dimos esta vuelta de campana: cómo tantas personas están de acuerdo con el poder cuando el poder dice que el oficio que solía confrontarlo —cuando atentaba, por ejemplo, contra la vida y la dignidad de las personas— es un oficio miserable? ¿Por qué la misma herramienta que denunció dictaduras y pedófilos, que costó exilios, exterminios y censuras, es ahora una herramienta de mercenarios? Siempre hubo periodismo vil y mal hecho, pero ¿cuándo y cómo empezó esta certeza de que todo periodismo es despreciable? ¿Fue cuando los periódicos acuñaron el oxímoron del lector que ya no lee y, devotos de esa creencia rara, se convencieron de que había que fabricar diarios para no lectores con textos cortos, rápidos, reduccionistas? ¿Cuándo los medios se inventaron la demagogia del periodismo ciudadano diciendo “¡Cualquiera puede ser periodista!”, y así Florencia, odontóloga, u Horacio, agente de viajes, munidos de un teléfono celular, se transformaron en voces tan autorizadas como las de un corresponsal de guerra con veinticinco años de labor? ¿Cuándo la permanencia de un artículo en una portada dejó de depender de la relevancia de su contenido para pasar a depender de la cantidad de clics, retuiteos y comentarios? ¿Cuándo la curaduría de noticias pensada por periodistas y editores (eso son un periódico, un noticiero) empezó a forjarse según mandaba la conga de los clics?

Hace un tiempo los poderosos comenzaron a señalar al periodismo como la bestia negra que amenazaba sus reinados repletos de buenas intenciones. Bramaron: “¡Los medios son empresas con intereses económicos y políticos!”. Eso, que parecía evidente (que los medios son empresas con intereses económicos y políticos, aunque es un error brutal pensar que puede encuadrarse a todas las personas que forman una planta periodística dentro de esa frase), para muchos fue una revelación. Los medios bailaban al ritmo frenético de los clics, complaciendo a sus “audiencias”, cuando las “audiencias” les hicieron pito catalán: les dijeron “Mienten”. La forma que encontraron los supuestos mentirosos para demostrar que no mentían fue extraña. Consistió en darse —en seguir dándose— sucesivos disparos en los pies. En vez de hacer lo que está en la base del oficio —tratar de entender por qué las cosas son como son: por qué Trump sí, por qué el Brexit sí, por qué el plebiscito no—, se profundizó la maniobra contraria: las cosas son de tal manera —o van a ser de tal manera— porque lo dice mi convicción previa. Así, pululan artículos sobre el independentismo catalán sin una sola voz independentista, y viceversa; artículos acerca de lo bestias que son los votantes de Trump sin una sola entrevista a un votante de Trump; artículos sobre realidades políticas sensibles que sólo incluyen voces opositoras o voces oficialistas, dependiendo del medio que los publique.

En noviembre de 2016, Martín Caparrós publicaba en el New York Times un artículo titulado El año en que chocamos con nosotros mismos. Allí se lee: “la prensa —casi toda la prensa— sigue la tendencia, y la incrementa con esa vanidad de creer que contando las cosas definimos las cosas: que según lo que digamos que está pasando pasará tal o cual. En las elecciones estadounidenses el apoyo de los medios a Clinton era ensordecedor; no sirvió para nada”. Sobre un terreno que alguna vez fue sólido —la credibilidad—, se esparció una resbaladiza capa de wishful thinking: mi teoría produce realidad, y no al revés. En vez de usar sus mejores herramientas —documentarse, ver más allá de las apariencias, chequear los datos, desconfiar—, el periodismo (en su peor versión: una fuerza elitista que ilumina a una plebe ignorante de la que, muy paradójicamente, depende para subsistir ) reemplazó el intento de averiguar por qué las cosas son como son —por qué la gente piensa lo que piensa, hace lo que hace, vota como vota—, por el método de hacer cuadrar las cosas dentro de sus convicciones.

En ese caldo raro aterrizó la posverdad. El diccionario Oxford la señaló como “la palabra del año” en 2016. La definió como algo “relativo o referido a circunstancias en las que los hechos objetivos son menos influyentes en la opinión pública que las emociones y las creencias personales”. Según yo, es un cuento chino: mentira disfrazada de seudo teoría comunicacional. Consiste en decir que sucedió lo que no sucedió —que había dos millones en la plaza cuando eran cien mil, que había cien mil cuando eran dos millones—; en manipular la realidad para que diga lo que se la quiere hacer decir. Hubo, por ejemplo, una frase del papa Francisco que llenó las portadas como prueba irrefutable de su progresía revolucionaria: “¿Quién soy yo para juzgar a los gays?”. Pero el Papa no dijo exactamente eso. Dijo: “Si una persona es gay y busca al Señor y tiene buena voluntad, ¿quién soy yo para juzgarla?”. Buscar al Señor y tener buena voluntad implica, para un católico convencido (supongo que el Papa lo es), renunciar a la naturaleza retorcida que, según la Iglesia, pulula en el alma gay. Claro que la frase, convenientemente mutilada, sigue su camino. Es exitosa: funcional para quienes quieren pensar que el Papa abraza lo que para la Iglesia fue abominable durante siglos, y para quienes sostienen la idea —por convicción o conveniencia política— de que este es un Papa revolucionario. Eso no cambia el hecho de que los gays —salvo los que no ejercen su sexualidad— aún sean, para la Iglesia, una ignominia. Pero la creencia falsa —ahora la Iglesia los acepta gracias a este Papa progre— permanece. ¿Les cabe la misma responsabilidad a los ciudadanos que prefieren creer que la frase dice lo que no dice, y a los periodistas que la replican? Sospecho que no.

La posverdad tiene, también, forma de noticias falsas que los medios esparcen con mucho donaire, sin chequeo previo, levantadas en gran parte del enorme charco de las redes sociales (las desmentidas —cuando las hay— jamás tienen el impacto de su difusión original). Y no parecen muy dispuestos a renunciar a ellas, porque son un vergel de likes que conducen al Valhala del trending topic. ¿Se viralizó un video de Madonna teniendo sexo con un ganso? Publiquémoslo. Millones de usuarios de Facebook no pueden estar equivocados. Sólo que sí pueden estar equivocados. Si el buen periodismo no es una fuerza de elite que vino al mundo para iluminar a ciudadanos ignorantes, tampoco es una herramienta de repetir sin chequear cualquier paranoia o rumor que recorra el mundo, ni debería estar al servicio del algoritmo de Google que envía a sus usuarios a pastar por las confortables zonas donde sólo viven seres que comulgan con sus opiniones.

El buen periodismo es ir a ver qué pasa y (aun cuando eso contradiga nuestras convicciones, sea opuesto a la versión de los poderosos, vaya en contra de la corrección política, el pensamiento instalado y los intereses de muchos) contarlo. En la Carta abierta de un escritor a la junta militar que Rodolfo Walsh despachó a diarios y revistas el 25 de marzo de 1977, horas antes de que los mililtares de la dictadura que había empezado un año antes en la Argentina lo asesinaran, se lee: “Estas son las reflexiones que en el primer aniversario de su infausto gobierno he querido hacer llegar a los miembros de esa Junta, sin esperanza de ser escuchado, con la certeza de ser perseguido, pero fiel al compromiso que asumí hace mucho tiempo de dar testimonio en momentos difíciles”. Hay muchas formas de que los tiempos sean difíciles para el periodismo. Ojalá ahora pudiéramos dar batalla —como tantos la dieron antes— con nuestras armas más nobles.

El Colombiano, Medellín.

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