No más crímenes contra el pueblo colombiano

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Por Héctor Peña Díaz

Es un verdadero genocidio el que se está cometiendo contra los líderes sociales en muchas regiones de Colombia. De uno en uno para que no se note y no duela tanto. Es como un ciclo de odio que se repite y se expresa con su bandera de muerte. Es la cobardía organizada asesinando gente humilde indefensa; son unos intereses que coinciden y se retroalimentan de la impunidad. ¿Cómo desalojar esa plaga del crimen que se ha vuelto la principal herramienta política de unas minorías violentas? ¿Cómo detener con eficacia esa máquina de muerte? No es una tarea sencilla pero no podemos quedarnos oyendo las noticias como si no fuera con nosotros. Si la gente se movilizó para expresar su afecto y admiración a los muchachos de la selección Colombia, también debería ser capaz de salir de su indiferencia frente a la barbarie. No merecemos el nombre de humanidad si miramos hacia otro lado, la historia dirá que no estuvimos a la altura, que fuimos un pueblo indolente y egoísta. Así no germinará la semilla de la reconciliación, un cadáver es una vida negada y la cuna de una venganza, o acaso olvidan los responsables políticos que los cortes de franela de ayer son las motosierras del presente. La razón de ser de las autoridades es garantizar la vida y los derechos de las personas y no fabular hipótesis que culpen a las víctimas. Su incapacidad las vuelve cómplices porque alientan nuevos crímenes. Militares y policías tiene un deber profesional que los compromete con ese nuevo país que intenta abrirse paso, no pueden seguir siendo un instrumento ciego para conservar los rancios privilegios de las élites. Hoy tienen la misión histórica de garantizar la seguridad de la paz, ya no tiene sentido seguir anclados en la lógica de la guerra fría, del enemigo interno… El nuevo gobierno tiene una responsabilidad mayúscula: o asume un compromiso con la vida y la paz distanciándose de sectores recalcitrantes que lo apoyan y añoran la prolongación de la guerra, o fracasará irremediablemente convirtiéndose en la jefatura de un bando y no en el representante de la unidad nacional como “ilusoriamente” lo consagra la Constitución. El velatón por la vida en muchas ciudades de Colombia y países del mundo evidencia que los pasos del nuevo país empiezan a sentirse, que hay miles y miles de jóvenes que no comen cuentos oficiales y no quieren cargar sobre sus espaldas esa herencia de odio y muerte de las viejas generaciones. Es necesaria una vigilancia democrática permanente sobre la respuesta de las autoridades para neutralizar esa matazón de la guadaña neoparamilitar (o como quieran llamarla) por los campos colombianos. La vida se impondrá por encima de la barbarie, así ha sido siempre, pero a veces en la historia la noche es demasiado larga como sucede en Colombia, mi dulce y tremenda tierra.