Anomia

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Bolivia y el mar

Por Rodrigo Borja

El término fue acuñado por el sociólogo francés Emile Durkheim (1858-1917) para señalar una suerte de “enfermedad” de la sociedad cuyo síntoma principal es el relajamiento del respeto a las normas morales y jurídicas.

A partir de las lucubraciones de Durkheim, anomia significa ausencia de leyes en una sociedad o falta de respeto a las existentes. Lo cual produce un estado de descomposición social muy peligroso porque se desvanecen los parámetros más elementales del comportamiento social y las personas terminan por no distinguir lo lícito de lo ilícito, lo permitido de lo prohibido, lo bueno de lo malo.

Y esto puede ocurrir por varias razones. Una de ellas es la corrupción de los mandos políticos que causa el deterioro de los valores ético-sociales en que se sustenta la vida de la comunidad. Y como este es un mal contagioso se expande por el cuerpo social como una metástasis y los ciudadanos encuentran cada vez menos razones para conducirse éticamente si sus gobernantes y las personas de visibilidad pública no lo hacen. Y así, poco a poco, la corrupción se convierte en un problema de idiosincrasia, o sea de manera de ser de una colectividad. Crea sus propios códigos, usos y jerarquías, honores y distinciones sociales. Y la honestidad es vista casi como una extravagancia.

Otra razón es la falta de legitimidad de leyes dictadas para favorecer intereses creados y la obsecuencia de los gobiernos para servirlos. En consecuencia, las normas no son acatadas, el gobierno languidece, el orden social se extingue progresivamente y las instituciones políticas pierden credibilidad. La disciplina social se relaja.

Cada quien hace lo que quiere. El ciudadano no se siente obligado a respetar ni el semáforo de la esquina ni los preceptos de la Constitución. Es la confusión total, la anarquía y la desintegración de la vida social por la ausencia de sistemas normativos o la falta de respeto de los que existen. La única ley que se acata es la “ley del menor esfuerzo”.

Escribió José Ortega y Gasset que “la moral es una cualidad matemática: es la exactitud aplicada a la valoración ética de las acciones”. Esta es, sin duda, una magnífica definición, como todas las que solía hacer el filósofo español.

Aquella exacta valoración ética de las acciones humanas es lo que falta con frecuencia en la vida pública. No sé de dónde ha surgido el criterio, por desgracia muy generalizado, de que la actividad política está exenta, o debe estarlo, de limitaciones morales. El divorcio entre la moral y la política ha causado mucho daño a las sociedades. Si hay una acción humana que, por su trascendencia social, debe estar rigurosamente sometida a la moral, esa es la política. Todas las acciones humanas deben estarlo. Pero con mayor razón la de conducir los destinos de los pueblos.