Anticorrupción versus paz: el falso dilema

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Por Pedro Juan Orozco Meza

Algunos candidatos presidenciales vienen proponiendo, como bandera para la campaña presidencial de 2018, la lucha contra la corrupción, lo cual está bien; pero en forma inexplicable dicen que el tema de La Paz, ya está superado y que, por lo tanto, debe soslayarse de dicha campaña. Ello constituye un desaguisado que, de hacer carrera, puede conducirnos a una equivocación histórica de consecuencias imperdonables. Veamos por qué:

La superación de más de cinco décadas de conflicto armado, se está logrando mediante el actual proceso de negociación política entre el Gobierno y La FARC-EP, titulado:  “Acuerdo General para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera”. La terminación del conflicto se está logrando y debemos reconocer que se encuentra en una fase bastante avanzada; pero el segundo componente; esto es, la construcción de la paz estable y duradera, apenas está comenzando; y quienes estamos verdaderamente comprometidos en ella, sabemos que nos espera un trabajo largo y lleno de obstáculos que convoque a los colombianos verdaderamente comprometidos con la causa a no desfallecer hasta lograr este cometido. Mal podría afirmarse, entonces, que esta etapa ya está superada a sabiendas de que apenas comienza.

A la extrema derecha le cae como anillo al dedo esta postura que, de paso, le permite pasar de agache sin tener que hacer el gasto de oponerse abiertamente al Proceso. Quienes forman parte de los sectores democráticos y alternativos no solo deben adelantar la lucha en los dos frentes, sino que estratégicamente deben poner por delante la lucha por la construcción de la paz. En este caso sí que cobra validez la sentencia de Gandhi que La Paz es el camino.

La guerra es la mayor fuente, no solo de víctimas, sino de impunidad y de corrupción; en tal sentido, les decimos a los que dicen ser partidarios de la paz, pero que sea “una paz sin impunidad”, que la mayor fuente de impunidad es la guerra misma y que alargar la guerra es extender las condiciones propicias para que prospere la corrupción.

Recordemos que después del magnicidio de Gaitán, el país vivió en permanente Estado de Sitio, que otorgaba poderes casi dictatoriales al presidente de turno y que le daba tratamiento de tal al resto de instituciones. Las generaciones forjadas en este largo período no han sabido lo que es vivir en paz y mucho menos en democracia verdadera.

Es inexplicable el falso dilema de que la lucha contra la corrupción se adelante en lugar de la construcción de la paz;  solo habría dos opciones: por ignorancia o por oportunismo.  Pero hay algo más, la corrupción es una práctica inherente al modelo capitalista, que se genera a partir del interés egoísta que mueve todo el sistema; veamos lo que dice Adam Smith:

“El particular emplea su capital de forma que le produzca el mayor valor posible. Al hacerlo así, generalmente ni trata de favorecer el interés público ni sabe en cuánto lo favorece; lo único que busca es su propia seguridad, su propio beneficio. Y en ello hay una mano invisible que le lleva a servir un fin que no estaba en sus intenciones. Al buscar su propio interés, el particular muchas veces favorece el de la sociedad mucho más eficazmente que si lo hiciese a propósito”. [1]

Pero hay algo más, los corruptos han adecuado o elaborado la leyes de contratación a su imagen y semejanza, de manera que hoy en día hacen de las suyas aprovechando la laxitud de las normas y, la eliminación del control previo, que convierte a las contralorías en meras notarias de hechos cumplidos.

Por lo anterior, considero que es condición sine qua-non para adelantar una exitosa campaña contra la corrupción que el país se encuentre en modo paz y que impere un verdadero modelo de democracia participativa.

[1] Adam Smith, La Riqueza de las Naciones, citado por Paul Samuelson, Curso de Economía Moderna, pg. 40.