Bogotana nacionalista

La idea del progreso nacional está profundamente empotrada en nuestra psiquis. De ahí que nadie quiera estar asociado al retroceso, al regreso al pasado y mucho menos a cualquier renuncia de soberanía.

199

Por Clara López Obregón / Semana.com

Estuve conversando con una bogotana apasionada y nacionalista. Estaba entusiasmada con la reunión de la Asamblea General de la Organización de Estados Americanos en Medellín. “Es un orgullo que todos los países del continente nos distingan al escoger a Colombia como sede. Son los efectos de los acuerdos de paz y del Premio Nobel en cabeza de un presidente colombiano que nos colocaron a la vanguardia internacional”, afirmó con altivez colombianista.

También, le respondí, se debe al evidente liderazgo del presidente Duque frente al tema de Venezuela. Si bien criticamos que el cerco diplomático que apoya sanciones draconianas contra el pueblo venezolano no debe reemplazar el diálogo, el activismo colombiano ha motivado un reconocimiento continental, especialmente de los Estados Unidos que ha contado con el apoyo de la mayoría de los gobiernos latinoamericanos para su vieja aspiración de sacar del gobierno del vecino país a Hugo Chávez y sus sucesores.

Pasamos a analizar qué hacer para convencer al Gobierno Duque sobre las bondades de sacar adelante el proceso de paz en su integridad y no solamente la reintegración dentro de ese concepto limitado de paz consistente solamente en la desmovilización, el desarme y la reintegración (DDR). Esa paz negativa no es suficiente. Se requieren las acciones positivas previstas en materia de desarrollo rural integral, de presencia integral del Estado y la sustitución voluntaria de cultivos para remover las causas estructurales de generación de exclusión y violencia.

Con el acuerdo de paz se abrió paso un sueño de todos los colombianos. El posconflicto traerá, si se empeñan en su éxito, la oportunidad de los dividendos de la paz: mayor crecimiento y empleo, más educación, más trabajo, mayor igualdad. Se trata de un anhelo de todos, como lo reiteran incluso los detractores de los acuerdos de paz. A eso le apostamos en 2014 cuando pusimos nuestra fuerza opositora de 2 millones de votos detrás de la propuesta de paz de Juan Manuel Santos, quien había perdido frente a Óscar Iván Zuluaga del Centro Democrático en la primera vuelta presidencial, y a la paz le seguimos apostando.

La idea del progreso nacional está profundamente empotrada en nuestra psiquis. De ahí que nadie quiera estar asociado al retroceso, al regreso al pasado y mucho menos a cualquier renuncia de soberanía, como lo mostró la reacción adversa unánime al fallo del Tribunal Internacional de Justicia de La Haya sobre las aguas del Archipiélago de San Andrés y Providencia.

Ahora le corresponde a Iván Duque hacer realidad esos sueños de paz compartidos y al sentimiento nacionalista que los acompaña. El retroceso no es una opción. Regresar al pasado es una equivocación que ni sus propios seguidores terminarán por avalar. De ahí que le llegó la hora de soltar las amarras con ese pasado al que su mentor lo quiere conducir. Debe asumir su propio destino y recorrer el camino de una gran concertación nacional que dejó entrever en su discurso de posesión, que sus propios copartidarios en cabeza del presidente del Senado quisieron opacar.

Para lograr el cometido también debe comprometerse de lleno con Colombia, con los sueños de sus gentes y superar la insistencia en las políticas fracasadas de los últimos cuarenta años en materia de cultivos de uso ilícito impuestas por los EEUU. La pelea por el glifosato es de esas peleas del pasado. No solamente los estudios científicos y los fallos judiciales en los Estados Unidos demuestran que es nocivo para la salud humana y el ambiente, sino que también es mal negocio. Recientemente unos exitosos proyectos productivos del Caquetá se vieron truncados por los trazos de glifosato que contaminan el producido lo cual les cierra el mercado de la Unión Europea. Los esfuerzos comprometidos en la sustitución voluntaria son más efectivos y duraderos y abren perspectivas de desarrollo y convivencia.

Y para estimular el entusiasmo de mi amiga nacionalista, qué bueno sería impulsar a un colombiano para secretario general de la OEA, en vez de un chileno que solo gana por goles y no por capacidades. Talentos son los que tenemos para representar a Colombia en los estadios de la diplomacia continental.