Capitalismo y nuevos prometeos

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Por Reinaldo Spitaletta

La memoria puede servir para muchas cosas, inclusive para olvidar, como lo pregonó un poeta. Hoy, cuando el capitalismo promueve la presunta desaparición de la historia, cuando sus tentáculos tecnológicos penetran en las conciencias individuales con espejismos que hacen que las relaciones sociales sean solo las que determina el consumo, el mundo ha entrado en una gran confusión sobre los significados de solidaridad y libertad.

La muerte por estos días de pensadores y escritores como Bauman, Piglia, Berger (además, por ejemplo, de la del gran juglar argentino Horacio Guarany), ha vuelto a poner en la palestra reflexiones acerca de lo contemporáneo, la modernidad (y la posmodernidad y sus yerbajos) y, en particular, sobre el hombre de hoy, sometido a nuevas esclavitudes, como la del consumo, convertido en un arandela más de las cadenas productivas. Y desvinculado del pensamiento sobre libertad y seguridad.

Ricardo Piglia, el de Respiración artificial, advertía acerca de los peligros de la expansión tecnológica del capitalismo para el cual no existen límites biológicos, económicos, sociales y, en general, de ninguna índole. Importan, sobre todo, las ganancias, las plusvalías, el reino de las imposiciones por encima de cualquier consideración humanista.

Y daba puntadas inteligentes sobre el hombre de ahora, el que ya ha perdido las aspiraciones de construir una sociedad en la que el denominado progreso sea para todos. “El ciudadano ideal, es el adicto sin convicciones ni principios que sólo aspira a obtener su dosis de la mercancía anhelada”, decía el autor de El último lector.

Piglia, como Bauman, sabía que las sociedades tecnológicas tienen el interés de satisfacer a los sujetos (que no al ciudadano) para controlarlos, vigilarlos, tenerlos apaciguados en el rebaño. Nos entretienen y ahogan y asfixian con un océano de información rápida, sin digestiones ni profundidades. “Somos capaces de aceptar el fin del mundo pero nadie parece capaz de concebir el fin del capitalismo…”, decía, al analizar cómo hoy se ha llegado a confundir el capitalismo con el sistema solar o cosa parecida.

Una de las astucias del capitalismo es dar la impresión de perpetuidad, de no poder ser transformado ni destruido. No admite a los soñadores y, menos aún, a los utopistas. Estos estarán fuera del círculo fatídico del consumo, de los domesticados solo para tener deseos pero impedidos para participar en movimientos que planteen la indignación y contribuyan a la socavación del sistema. La práctica de la enajenación.

Y en este punto aparece Zygmunt Bauman con sus reflexiones sobre si la riqueza de unos pocos beneficia a todos y sus cuestionamientos al neoliberalismo rampante y triunfante en el mundo contemporáneo. La “riqueza de los de arriba” es para ellos y no más. La globalización capitalista (que el viejo Manifiesto de Marx y Engels ya analizaba) ha conducido, entre otras consecuencias, al marchitamiento de la solidaridad y la amistad, como bien lo plantea el pensador de la modernidad líquida.

“Hemos olvidado el amor, la amistad, los sentimientos, el trabajo bien hecho. Lo que se consume, lo que se compra son solo sedantes morales que tranquilizan tus escrúpulos éticos”, expone Bauman, al examinar que, hoy, la gente vive más pendiente de los puestos de trabajo (quizá debido a una extorsión de los dueños) que de los contactos con el otro. ¿Qué se hizo el vecino? ¿Con quién puedo establecer una relación más allá de la compra-venta?

Y en estas coordenadas aparece John Berger, el mismo que cuestionaba los muros de los ricos para detener a los pobres, que están por todas partes, como parias, como desplazados: “muros de hormigón, de vigilancia electrónica, de bombardeo de misiles, campos de minas, controles fronterizos, y las pantallas opacas de los medios de comunicación”, escribía el poliédrico intelectual inglés.

A todas estas, la libertad individual se reduce a lo que el consumo permita. Consumís, por lo tanto, sos libre. Es el nuevo “dejar hacer, dejar pasar” del mercado y de los abundantísimos esclavos creados por el capitalismo, el brutal sistema que nació “chorreando sangre y lodo”.

El novelista Piglia, ante el sofisma propalado por el capitalismo y sus sacerdotes acerca de su supuesta invencibilidad, convocaba a ser como Prometeo: “estamos dispuestos a aceptar el desafío y asaltar el Sol”. La voz del trovador del sur, Horacio Guarany, se une a otras voces que invitan a no callar para que no “mueran de espanto la esperanza, la luz y la alegría”.

El Espectador, Bogotá.