Carlos Romero y la defensa de la vida*

Ese año de 1989 que María Elvira Samper ha descrito en su reciente libro trajo para las izquierdas en el mundo y en Colombia desafíos a los cuales se respondió desarticuladamente. Fue ese el año en que se derrumbó el llamado “socialismo real” pero también cuando la contraparte protocolizó la fórmula del “Consenso de Washington” para ocupar rápidamente el vacío dejado.

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Por Clara López Obregón / Semana.com

Se abrió así paso la globalización capitalista frente a una resistencia improvisada que carecía de una visión alternativa de conjunto. En Colombia, de manera paradójica, se arreció el conflicto armado. En la izquierda se dio un debate inconcluso sobre el ¿Qué hacer? Carlos Romero participó en ese debate con posiciones que sus compañeros de lucha tardaron en comprender. En el año 1990 se marginó del Partido Comunista Colombiano después de que en el congreso del partido no tuvieran eco los planteamientos hechos por él, junto con varios de sus compañeros, llamando a reconducir la línea política para adaptarla a las exigencias del tiempo actual y sus problemas.

En 1992, estimuló, editó y publicó el libro ¿Qué pasó camarada? de su gran amigo Nicolás Buenaventura. Encontró en esa autocrítica de uno de los intelectuales comunistas más respetados, la reflexión sincera sobre las limitaciones del proyecto por el que habían luchado por décadas, sin el sinsabor del arrepentimiento que cubrió a muchos que terminaron por abandonar el convencimiento de que “un mundo mejor es posible.”

Al lado de la democracia o más bien para asegurarla, la principal preocupación de Carlos Romero se centró en la solución política al conflicto armado. Desde el exilio en Caracas continuó analizando y escribiendo sobre cómo lograr “pasar del conflicto que esta(ba) en proceso de degradación a una etapa de negociación, a través del diálogo efectivo, que (sentara) las bases para encontrar la manera de suscribir un verdadero tratado de paz entre el gobierno y las guerrillas en su conjunto.”

En un foro denominado Ambición de Paz, organizado en octubre de 2001 por Germán Bula Escobar, entonces embajador de Colombia en Venezuela, Carlos Romero analizó uno de los fenómenos que hoy siguen signando la posibilidad de éxito del proceso de paz que entonces se frustró y que hoy pone en peligro la consecución de la paz duradera vislumbrada en el acuerdo del Teatro Colón.

Sus palabras de hace 20 años están llenas de actualidad: “Lo que necesitamos es una verdadera democracia participativa, que no existe realmente, con pluralismo y respeto al derecho a la vida. Aquí se ha hablado y el profesor Pécaut lo ha dicho, que la pobreza no es la justificación al surgimiento de las luchas armadas revolucionarias. Hay muchos ejemplos que ameritan lo que él dice. Pero me parece que valdría la pena agregarle algo muy serio. La lucha armada solamente se da cuando el establecimiento y los gobiernos no son capaces de garantizarles la vida a la oposición o a los disidentes o a la gente que no opina como los gobiernos de turno. Y esa es la situación que se vive en Colombia, (donde)… existe una lucha por la vida, porque todos los guerrilleros que se han entregado y han pactado la paz han sido asesinados, como Carlos Pizarro, Guadalupe Salcedo. Entonces, si queremos la paz tenemos que encontrar los mecanismos que le garanticen la vida a los guerrilleros que se inserten a la vida civil y a la gente que hace oposición. Y esa es la falla grande.”

La democracia es incompatible con la impotencia del Estado para evitar el asesinato de los líderes sociales y de los reincorporados de las Farc en los territorios. Para merecer ser considerados democráticos, como sostenía Carlos Romero, los gobiernos deben ser capaces de garantizarle la vida a la oposición, a los disidentes y a la gente que no opina como ellos. La defensa de la vida sigue siendo hoy la prioridad para garantizar la paz duradera en democracia.

*Carlos Romero, esposo de Clara López Obregón falleció el 4 de julio a sus 86 años.