¿Cuál cambio climático?

875

POR OMAR OSPINA GARCÍA /

La hipocresía interesada del sistema capitalista y de sus propagandistas más eficientes –lo son–, las corporaciones mediáticas, nos venden como maduras las frutas verdes o podridas y como alimento la basura enlatada y el veneno transgénico. Y nos tragamos sin masticar las unas y los otros.

Por ejemplo, en Colombia la gran prensa, complaciente con el régimen uribista de 8 largos y sangrientos años, bautizó como “falsos positivos” –expresión castrense tan ridícula como falaz– a lo que ha sido y sigue siendo, simple y trágicamente, asesinatos por parte de las Fuerzas Armadas estatales, para cobrar premios y justificar ascensos, de indefensos jóvenes inocentes disfrazados después de muertos como guerrilleros caídos en “duro combate” contra las fuerzas del orden. Que en el “duro combate” los cadáveres tuviesen uniformes guerrilleros flamantes y hasta recién lavados, botas nuevas y disparos mortales por la espalda o a quemarropa, no le importó a esa prensa complaciente y por lo tanto cómplice de los crímenes oficiales.

Que siguen ocurriendo aunque ya no contra jóvenes desprevenidos o desempleados tentados por algún acucioso ofertante de “rentables trabajos” en otra región del país donde no los conozcan, sino y también contra excombatientes de las FARC acogidos a la Paz –la paz del sepulcro, por supuesto–, líderes sindicales, dirigentes comunitarios y activistas sociales, todos ellos “elementos peligrosísimos” para la oligarquía colombiana que financia el genocidio.

Nada ha cambiado en la tierra de “mi más inmediata semejanza”, pero el culto a la hipocresía, que no es privativo de Colombia sino plaga de mundial y conveniente uso, se ha consolidado a lo largo y ancho del “ajeno mundo”.

Desde cuando se recrudecieron huracanes y tifones, menudearon terremotos cada vez de mayor magnitud, reaparecieron tsunamis en forma mucho más violenta que en el remoto pasado –con la excepción del mítico diluvio universal, claro–, se acrecentaron y prolongaron sequías con sus correspondientes hambrunas en la explotada y arrasada África negra, la basura mediática mundial nos ha venido echando el cuento del “cambio climático”. O sea, “la cosa no es tan grave”. Es apenas el clima variable del planeta… Y todos a dormir tranquilos, liderados hoy por Donald Trump, Emmanuel Macron y Jair Bolsonaro, los negacionistas de nuevo y nefasto cuño. Todos menos Greta Thunberg por cierto, que por ello no duerme desde los 11 años.

No se trata de cambio climático de ninguna manera. El clima siempre cambia desde cuando el planeta Tierra existe, y cambia no solo cada tres meses como en los hemisferios norte y sur, ni cada seis como en el trópico, sino todos los días y, a menudo, cada hora. No es chiste apenas el consejo quiteño al forastero que llega a la ciudad a pleno sol de mediodía, y en la tarde enfrenta el chaparrón ocasional y ubicuo. Todo eso tiene arreglo: “Si no le gusta el clima de Quito, camine 3 cuadras o espere media hora”.

Pero lo que nos está pasando no tiene arreglo porque las grandes potencias industriales del planeta, no quieren arreglarlo. Les puede la codicia, tanto privada como estatal.

Lo que viene ocurriendo en el planeta Tierra desde hace décadas, puesto que se inició imperceptiblemente con la Revolución Industrial y la negra nube de hollín de carbón que cubría las principales urbes industriales, empezando por la progresista Inglaterra del siglo XIX con sus hornos y chimeneas, se multiplicó por miles con la aparición del oro negro, el petróleo, que, sin enterrar al carbón, se hizo cargo en un 99% de la fuerza motriz del crecimiento económico y está a punto de colapsar la atmósfera respirable con sus emanaciones de CO2.

Sin embargo, aunque el petróleo y los combustibles fósiles de las 7 Hermanas han cedido un poco el campo a la energía nuclear, la codicia económica y el afán de crecimiento ilimitado no abandonan el productivo campo hidrocarburífero, ni siquiera porque ya es posible el invento casi bicentenario del auto eléctrico. Cito de Wikipedia… “Entre 1832 y 1839 (el año exacto es incierto), el hombre de negocios escocés Robert Anderson inventó el primer vehículo eléctrico puro. El profesor Sibrandus Stratingh de Groninga, en los Países Bajos, diseñó y construyó con la ayuda de su asistente Christopher Becker, vehículos eléctricos a escala reducida en 1835″.

¿Y? ¿Se produjo el auto eléctrico de los siguientes 175 años? No. Lo impidió la codicia empresarial de las petroleras, acoderadas en el sistema capitalista rentista, codicia auspiciada y protegida por los sucesivos gobiernos neoliberales del planeta.

No obstante, la energía nuclear es quizá la peor de todas porque proviene de la alteración de un elemento primigenio del universo –el átomo democristiano–, de cuyas propiedades y fuerzas ni siquiera estamos conscientes porque son desconocidas hasta para la alta ciencia– el Gran Colisionador de Hadrones de Ginebra descubre cada tanto una nueva partícula atómica tan rara e inasible como las anteriores. No hace mucho eran 3: Neutrón, Protón y Electrón. Pero las 3 contienen subpartículas ya detectadas pero aún invisibles y desconocidas, y se intuyen otras… Van algunas decenas… y contando. El Universo es infinito… Temporal y espacialmente.

El ser humano, positivamente curioso pero irresponsablemente manipulador de lo que va descubriendo, camina a ciegas por los ignotos senderos del cosmos que le son cercanos. Y el átomo es cercano. Está ahí, en todas partes y formando parte de todo lo conocido o desconocido del Universo. Es la materia primigenia que contiene en sí las partículas que son el origen de todo, incluida la todavía inexplorada “partícula de dios” que propusiera el científico escocés Peter Higgs en 1964. Y que son también poseedoras de fuerzas y energías inmanejables para el conocimiento actual del bípedo implume.

Algo sabemos de Chernobyl y Fukushima, sin mencionar los casi 300 mil muertos en un día y los otros miles posteriores ocasionados por las explosiones atómicas provocadas por el imperio en 1946 contra las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki. Pero muy poco o nada sabemos de los más de diez graves accidentes e “incidentes” –ese apodo a la irresponsabilidad y el descuido– nucleares en EEUU, principalmente, pero también en Inglaterra, Rusia, Japón, España, Brasil, Sudáfrica, ¿Israel?, etc.

Sin embargo, el remedio a la escasez de energía o a su peligrosidad industrial y ambiental, está allí, puesto por la misma naturaleza desde los comienzos del Sistema Solar y del planeta Tierra: El sol, como usina energética sin parangón aunque no eterna; los vientos que tanto pueden asolar como proveer de energía utilizable, encausable e incluso almacenable; el mar, cuya fuerza visible, inagotable y controlable puede ser proveedora permanente; los géiseres, aprovechables en países como Islandia pero no exclusivos de esas latitudes puesto que hasta en el trópico forman parte de ciertos parajes costeros; en fin, los volcanes, en cuyas entrañas mora una incalculable reserva de energía que puede ser benéfica si se la administra con conocimiento científico, no con angurria empresarial.

Pero extraer petróleo y quemar carbón es más rentable… y más fácil. Y no requiere enfrentar, por parte de la codiciosa empresa privada, posibles y justificadas medidas económicas sobre la propiedad estatal de las energías limpias, por gobiernos conscientes de que los recursos naturales que vinieron con el Big Bang, no pueden ni deben tener dueños particulares porque son de la humanidad.

Conclusiones

De tal manera que no nos rindamos ante el mensaje hipócrita de las redes corporativas mediáticas vinculadas a la empresa privada extractivista y depredadora. No es el cambio climático lo que nos aqueja desde hace décadas, y motiva hoy la sana actitud de una niña de 16 años que da ejemplo de preocupación por la Humanidad y por la Madre Tierra. El planeta está ad portas de una emergencia humanitaria debida al desastre climático ocasionado por la avaricia del sistema capitalista, sea de aplicación occidental, oriental o tercermundista. El capital, como la codicia, no tiene fronteras. Y eso nos está conduciendo a una tragedia climática, a una crisis ambiental, a un desastre natural, y en últimas a una hecatombe humanitaria que nos puede hacer desaparecer como especie… Aunque la vida siga en el universo, quizá en manos menos codiciosas e irresponsables…

No le pongamos apodos ni sucedáneos a lo que el sistema nos está perpetrando: se llama genocidio ambiental. O crisis climática para ser un poco menos negativistas. En todo caso, NO es el rutinario y usual cambio climático…

Enfrentémoslo y hagamos algo ya. Al lado de Greta Thunberg y donde quiera que estemos.