De analistas, tratadistas y despectivas nubes de las cuales tendrían que bajarse…

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Jairo-Rivera-MoralesPor Jairo Rivera Morales

Muchos tratadistas y analistas de las coyunturas políticas, sociales, económicas, culturales, ambientales, amén de otras coyunturas, tendrían que bajarse de ciertas despectivas nubes -candorosas y a la vez voluntaristas- a las que han ascendido por levitación recurrente, sin haber hecho mayor cosa para merecer la ascensión. «Lectores de libros sacros, pregoneros de milagrerías y loteadores de paraísos y nirvanas», al decir de Jorge Zalamea. Y todos los augures, visionarios y profetas. Y los delegatarios de pueblos que jamás los delegaron. Y los abusivos que confunden la interpretación de la voluntad general con el proceso de rumiar afugias, afanes y amarguras. Y los que desde sus imaginarios «fuguran» para ventilar su avidez de reconocimiento. Y los candidatos a reyezuelos que fungen como ilusionistas. Y los que viven alimentando dogmas en vez de derogarlos. Y los que creen ser ombligos del mundo.

Y todos los que han despojado a la palabra de su contenido genuino y esencial: Políticos deshonestos, predicadores venales, vendedores inescrupulosos, conquistadores abusivos, cortesanos desvergonzados, escribidores interesados, amigos desleales, pensadores alquilados y hasta pervertidos gramáticos y lingüistas extraviados. Toda una horda intemporal y ubicua de tartufos y turiferarios, amén de quienes, para mayor desvergüenza, disfrutaron secularmente la cultura con la exclusividad opresora con que se disfruta el oro, envileciendo la vida con aquella tanto como en otros medios la envilece aquel metal que -¡infortunadamente!- continúa induciendo a la idolatría. Sí, todo ese clan de usurpadores y aprovechados que “mintiendo siempre, mintiendo siempre, mintiendo siempre” llevaron el lenguaje hasta extremos de desarraigo insólito.

Tal vez fue el cansancio con la vacuidad de la palabrería lo que condujo a que en una esquina del tiempo se acuñara el célebre aforismo latino: “Rex non verba”; por lo mismo se ha dicho secularmente que “hacer es la mejor manera de decir”.

Estas apreciaciones tienen que ver con el actual proceso de paz entre el gobierno nacional y la insurgencia de las FARC – EP; y, obviamente, con la denominada «implementación de los acuerdos». Las Farc han dicho y han hecho: mal, regular, bien… Ayer menos que hoy y no sabemos cuánto harán mañana. Pero esos guerrilleros -como otros de aquí, allá y acullá- abrieron espacios democráticos a plomo, porque así lo determinaron las circunstancias y el Establecimiento. Y, después de la muerte de Gaitán, el momento en el cual los militantes de la izquierda colombiana -las fuerzas rebeldes y antiestablecimiento- llegaron a estar más cerca del poder, quien mayormente lo ha alcanzado, desde el punto de vista territorial y por la vía insurreccional, indudablemente ha sido la organización político-militar fundada en 1.964 por los marquetalianos.

Por todo ello y por mucho más, se me antoja mezquina la postura de quienes apoyan el proceso de paz dizque porque el “adiós a las armas” de los movimientos guerrilleros es la llave para legitimar la lucha de la izquierda por la vía “democrática”.

¿A qué ese afán de “desmarcación” con los compatriotas que tuvieron valor para hacer una guerra necesaria, tanto como lo están teniendo ahora para dejar de hacer una guerra que, en su entender de políticos y guerreros, devino innecesaria? ¡Como si la guerra se la hubieran inventado ellos! Las circunstancias de modo, tiempo y lugar, y la correlación de fuerzas, son los determinantes de los medios por los cuales se ha de luchar. Pero esa reiteración superlativa del cuentico de que “no nos representan ni representan al pueblo y tienen que bajarse de esa nube” es un flaco servicio a este proceso. Es tanto como insinuar que la importancia de los diálogos que se surtieron en La Habana y en otras latitudes radica en que farianos y elenos se marginen de la lucha, que no nos vayan a tocar porque nos pueden entecar, que nosotros los civilistas: aquí; y ellos, los guerrilleristas: allá. Que nosotros los “decentes”, aquí; y ellos, los indecentes, donde quieran o puedan estar.

Si los fumigan pues habrá que protestar, pero al fin y al cabo ¿quién los mandó a escoger ese camino? Al fin y al cabo «el que a hierro mata a hierro muere». Aunque a hierro no hayan muerto Pablo Morrillo, Ospina Rodríguez, Tomás Cipriano, Manuel Casabianca, Rafael Reyes, Miguel Abadía Méndez, Laureano Gómez, Ospina Pérez, Guillermo León Valencia, Carlos Lleras Restrepo, Julio César Turbay Ayala, etc. etc. etc.

¿Acaso no fue esa la actitud de los grandes heliotropos del liberalismo frente a la paz firmada con Rojas Pinilla y Duarte Blum por Guadalupe Salcedo y sus centauros, merced a la cual fueron asesinados sin pena ni gloria por las propias fuerzas del Establecimiento que los indujo a aquella paz con el lema “Paz, Justicia y Libertad”? ¡Así, pareciéndonos tanto a los adalides del poder constituido, no vamos a tener legitimidad -¡no institucional sino histórica y ética!- para desatar las potencias de un nuevo poder constituyente!

El 15 de Junio de 1.813 el Libertador Simón Bolívar expidió en la ciudad de Trujillo (Venezuela) el famoso ‘Decreto de Guerra a Muerte’ en cuya parte motiva expresaba: “Españoles y canarios, contad con la muerte aun cuando seáis inocentes; americanos, contad con la vida aun cuando seáis culpables”. Se trata de la negación más flagrante y total del Derecho. “Un documento vergonzoso ante los ojos de cualquier jurista que se respete”, ha escrito Pablo Victoria. ¿Fue una equivocación? ¡No! ¿Por qué lo expidió? Porque la guerra lo determinó; porque la guerra es así: Cruel, inhumana, vil, execrable. No en vano Carpentier ha escrito: “Hay épocas hechas para diezmar los rebaños, confundir las lenguas y dispersar las tribus”.

Pregunto: ¿Qué tal que los patriotas que acompañaban a Bolívar en su gesta anticolonial se hubieran “mareado” por aquel exceso momentáneo de barbarie y por la negación del Derecho que el Libertador decía encarnar y representar? ¿Qué tal que, prevalidos en sus remilgos y en sus ascos, hubieran decidido no acompañarlo más?

El porvenir nunca es dócil, ni siquiera en manos de los revolucionarios. Por eso los hechos son tozudos.