Después de Rajoy, ¿qué?

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Por Marcos Roitman Rosenmann

La destitución de Mariano Rajoy como presidente del gobierno español abre una nueva etapa, al menos en lo que se refiere a la vida parlamentaria. La salida del Partido Popular del gobierno ha tenido el peor final posible para sus dirigentes. Los casos de corrupción lo han condenado, al menos durante un periodo. ¿Cuánto? Está por verse. Su paso a la oposición presenta múltiples incertidumbres. Lo más probable en el corto plazo es la continuidad de Mariano Rajoy al frente del partido. No pocos lo consideran el abanderado natural de la derecha. La ovación cerrada de sus diputados al abandonar el hemiciclo refuerza su legitimidad. Su futuro depende de su voluntad. ¿Continúa o deja paso? Todos esperan su decisión.

Mientras, no habrá movimientos internos. La militancia ha cerrado filas. Darlo por amortizado se puede pagar caro. El recambio debe esperar. Las bajas entre los votantes no han frenado la caída. Millones de sus electores, durante décadas fieles al proyecto conservador, se han sentido ninguneados, pero se resistían al abandono, al ser el PP la única opción al PSOE. Sin embargo, un nuevo actor, Albert Rivera, y su partido, Ciudadanos, ofreció una salida para recalar cómodamente, sin traicionar su ideología. Con un discurso seudodemocrático, abierto a las clases medias pauperizadas por la crisis, haciendo suyas las banderas del nacionalismo español y la crítica a la corrupción, le ha disputado el espacio a los populares, incluso a votantes del PSOE, perplejos por sus vaivenes y políticas de recortes, durante el último gobierno de Rodríguez Zapatero. Sus avances en Cataluña, Madrid y otras grandes ciudades lo demuestran.

Las sentencias judiciales contra ex dirigentes del Partido Popular, ahora el caso Gurtel, con cientos de años de cárcel, han sido el desencadenante final. El PSOE ha pasado al ataque descolocando a Rivera y, de paso, obligando a Unidos Podemos a ir a rebufo de la propuesta. Nadie creía en el éxito, vaticinaban su fracaso. Pero la sorpresa no se ha hecho esperar. Los nacionalistas vascos (PNV), Ezquerra Republicana de Cataluña, Bildu, PdeCat, Nueva Canaria, Compromis, Izquierda Unida, Podemos, lo han secundado. Pedro Sánchez, mil veces denostado, renace como presidente del gobierno dando oxígeno al PSOE y cambiando el rumbo de los acontecimientos.

No serán muchos los cambios estructurales, pero sin duda el conflicto en Cataluña tenderá a encausarse políticamente, dando un respiro. Seguramente habrá fumata blanca. Ni ganadores ni perdedores. Por otro lado, el PNV y Bildu habrán puesto en la mesa el acercamiento de los presos de ETA a las cárceles en el país vasco. A pesar de presupuestos cerrados, se podrán realizar apaños en materia de salud, educación o políticas de género e igualdad. La ley mordaza podrá ser derogada y los cambios en RTVE y otras instituciones serán viables con los apoyos puntuales de Unidos Podemos y el resto de los avales. No siempre se llegará a los 180 votos obtenidos en la moción de censura ni a la mayoría absoluta del parlamento (176). Sin embargo, muchas reformas sólo requieren mayoría simple.

La convocatoria a elecciones generales prometida por Pedro Sánchez en la sesión de investidura tendrá lugar, seguramente, tras las municipales, autonómicas y europeas (mayo de 2019). Como escenario no antes del primer trimestre de 2020, casi agotada la legislatura. Tiempo para que el PSOE se rencuentre, afirme y recupere el espacio que le ha comido Podemos. Albert Rivera y Ciudadanos quedan fuera de juego, si junto al PP les deja mal parados. Rivera tendrá que cambiar su estrategia si quiere dar el zarpazo y convertirse en el líder de la derecha española. Su estrategia hasta la moción de censura ha sido desgastar al Partido Popular con un doble juego fiscalizador: les facilita el gobierno, pero los ataca, obligándoles a recular, si quieren mantener su poder, sobre todo en casos de corrupción. La salida de los presidentes en la Comunidad de Murcia y Madrid son buen ejemplo. Igualmente, se otorga un papel central a la hora de aprobar los presupuestos generales del Estado para 2018. Rivera se presenta como el responsable de torcer el brazo a los populares para evitar mayores recortes sociales en materia de pensiones, sanidad o subida de impuestos, postura que lo ubica como un político serio y preocupado por España y no por un sillón o un cargo en el gobierno.

Hoy, tras la destitución de Mariano Rajoy, ya no tiene con quién enfrentarse por la derecha, de ahí su enfado y su discurso descalificando al PSOE y los partidos que han avalado la moción de censura. Su plan se va al traste. No consigue la dimisión de Rajoy, factor necesario para una convocatoria a elecciones generales a corto plazo. El sueño de Rivera de convertir a Ciudadanos en el gran partido de la derecha, bajo el símbolo de España: una, grande y libre se convierte en quimera. Con sólo 32 diputados perderán protagonismo en la cámara; queda por ver si lo mantendrán en las intenciones de voto. Rajoy o quien abandere el PP con sus 137 diputados buscarán recuperar el espacio. El amigo es ahora el enemigo. Se avecina una legislatura intensa, en la cual el mapa político cambia rápidamente, dejando cadáveres políticos insospechados. El PSOE y, sobre todo, Pedro Sánchez, su secretario general, salen fortalecidos, marcando el tiempo de la política. Sólo queda saber si los detractores dentro del PSOE buscarán la caída de Sánchez para impulsar a Rivera como opción política. Esa es la jugada de Felipe González y sus compinches.

La Jornada, México.