El banquero anarquista latinoamericano

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Por Julio Peña y Lillo E.

El banquero anarquista, como nos recuerda Pessoa, es aquel que piensa que es necesario llevar a cabo una alteración del orden, una insurrección contra todos los acuerdos y normativas sociales, sobre todo cuando estos atentan contra su libertad. Para el banquero anarquista, resulta imperativo destruir todos los obstáculos que le impidan acumular su riqueza a voluntad, como pueden ser los denominados: impuestos, aranceles, salarios-dignos, seguridad social, redistribución de la riqueza, entre otras medidas que por supuesto, pueden obstruir el acceso a su tan anhelada sociedad libre.

Cual monaguillo de Donald Trump (mucha fortuna y poco entendimiento), el banquero anarquista considera innecesario o irrelevante perjudicar o poner trabas a la “libertad” de los poderosos, de los bien situados, o de aquellos que se ubican en la cúspide de la sociedad. Por ello, su batalla directa es contra el Estado, porque para él, tanto el altruismo, la solidaridad como la preocupación por el otro, no pueden ser impuestos, normados o regulados; puesto que los individuos han nacido para hacerse a sí mismos, con mucho esfuerzo y dedicación.

Para el banquero anarquista, el simple hecho de pertenecer a la especie humana no nos obliga a ser solidarios los unos con los otros, sobre todo, si este propósito implica sacrificar el bienestar, la comodidad, o nuestra situación de confort. Como diría el buen banquero anarquista: “imagínense tener que sacrificar un placer para beneficiar a otros, sin ninguna recompensa personal, sin ganar nada por mi esfuerzo, ¿no es eso una locura?

Tanto para el banquero anarquista como para un Donald Trump (“modelo” de ejecutivo exitoso), más importante que tener seguro médico, buenas condiciones laborales o salarios dignos, es tener conciencia del deber cumplido, no importa si el salario es paupérrimo, la tarea de un buen capitalista libertario, por supuesto, es la de destruir esos falsos “mitos y ficciones” de las llamadas injusticias y desigualdades sociales, que no hacen más que perjudicar el posible desarrollo de sus libertades futuras.

Para el banquero anarquista, no es concebible que un país trabaje con el propósito de generar un futuro más solidario y justo, en donde la libertad y las oportunidades sean para todos, puesto que esto nos conduciría a una “tiranía” de la voluntad popular, o a una forma de opresión-dominación que se ejercería desde los sectores marginados o populares, en contra de los acaudalados adinerados.

Después de 10 años de Revolución Ciudadana en Ecuador, 10 años de derrota tras derrota, el banquero anarquista no puede comprender por qué sus propuestas no tienen adherencia entre la grandes mayorías, sigue pensando que otra nueva derrota, sólo puede ser fruto de un error o de alguna forma de mal entendido, puesto que sus objetivos son “nobles”; ¿quién se puede oponer a la libertad?, las principales doctrinas económicas así lo sugieren, ¿Qué pasa con la sociedad, dónde diablos está el error? ¿Acaso debemos decir adiós a la posibilidad de una sociedad libre?

Pobre banquero anarquista, -cual monaguillo de Trump-, tanta plata para tanta indiferencia acumulada, cuánta ignorancia atrevida no darse cuenta de nuestras desigualdades históricas y de la importancia de construir sociedades más justas y solidarias. Craso error hacer del Estado su enemigo, sólo porque éste le exige pensar en los demás y aportar en función de su capacidad al fortalecimiento de los servicios públicos que benefician a todos como son: escuelas, hospitales, seguridad social, universidades.

Libertad sí, pero no para ser un acaparador sin escrúpulos, ya sea como banquero, financista o comerciante, porque la defensa de la libertad es ante todo, promover la liberación de los pueblos, frente a la opresión y la tiranía de las condiciones adversas de su existencia. Mucho cuidado señor banquero, ese denominado pueblo, obtiene su fuerza no del poder del capital, sino de la fuerza para combatir sosteniéndose unos a otros, creando entre ellos eso que usted llama “tiranía” de la mayoría, la cual le obliga en democracia a contribuir con el desarrollo.