El Establecimiento

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Por Héctor Peña Díaz

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.

Augusto Monterroso

Cuando despertó, el “establecimiento” todavía estaba allí.

Un colombiano del común

Los colombianos siempre utilizamos una expresión abstracta para referirnos a la estructura de poder que nos gobierna desde tiempo inmemoriales. Hablamos del establecimiento como si se tratara de los dueños del balón. En el diccionario no existe esa acepción ni siquiera como colombianismo. La expresión es un comodín para explicar muchos de los males que padecemos. Pero la pregunta que pocos se hacen y que casi nadie responde: ¿quiénes  integran el denominado establecimiento? El primero que está descartado es el pueblo de a pie, a menos que sea para servir sus cenas, amenizar sus bailes, cuidar sus guaridas, enterrar sus muertos y muchísimos otros oficios como los que hacen los “hispanos” en los Estados Unidos. Si hacemos un poco de historia el embrión del establecimientocolombiano estuvo conformado por la Iglesia católica y la corona española y algunos capitanes peninsulares que se arraigaron a sangre y fuego. A medida que pasó el tiempo se fue asentando en el poder una clase de hijos de chapetones nacidos en estas tierras que se opuso a la corona y dio luz a la independencia de España. En lugar de construir una gran nación como hicieron las colonias inglesas, aquí nos dividimos en repúblicas de medio pelo, dependientes de poderes imperiales como lo profetizara Bolívar. Los pueblos indígenas sobrevivientes a la masacre de siglos fueron expulsados hacia las montañas y se consolidó el modelo feudal de propiedad de la tierra con la bendición de la Iglesia. Este orden excluyente con sus variables de progreso y modernización continúa vigente hasta nuestros días. ¿Cómo ha sido posible? A nadie lo dejan entrar a menos que ya esté adentro. Es una familia de sangre e intereses fundada en el privilegio. Su cuerpo está escondido como un caracol en su concha y posee una retaguardia formidable: prensa, bendiciones, armas, bancos, códigos. Es casi impenetrable. La única variable que no domina del todo es la política a pesar de la maquinaria clientelista a su servicio. En la política como arte de gobierno y decisión de los asuntos públicos se encuentra la llave maestra para abrir las puertas del establecimiento y darle una vuelta de tuerca a las viejas columnas de la inequidad. Eso si que los pone nerviosos (aun cuando dicen que es el mercado es el que se pone nervioso), sobre todo, si llegara a gobernar la chusma, es decir, los que no son ellos. Las élites ya sabemos el porqué. Las clases medias detestan al pueblo de donde provienen y el pueblo sumido en la lucha por el escaso pan de cada día no levanta cabeza. El establecimiento en términos históricos tiene los días contados y lo sabe, aunque en su delirio sueña con más guerras que aplacen su desaparición. Un ejemplo de la locura elitista que carcome a sus miembros es la reacción de una dama tradicional del país que frente a los otros exclama: «a mí no me presenten gente que yo no conozca».

Establecimiento. m. (colombianismo) Pieza oscura donde se decide el destino de los pobres… y los ricos. Mansión de malhechores. Fábrica de genocidios o magnicidios, según el cliente o la necesidad.