El experimento estadounidense

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Eduardo Sarmiento Palacio

Por Eduardo Sarmiento Palacio

Los bancos centrales constituyeron la innovación más importante de la segunda parte del siglo pasado. Basados en el consenso macroeconómico neoclásico, encontraron que la autonomía del banco central para regular las tasas de interés dentro de un marco de austeridad fiscal y tasa de cambio flexible puede evitar la inflación, estabilizar las balanzas de pagos y mantener la producción y el empleo en plena capacidad. El esquema fue alterado por la globalización, que propició una competencia que bajó los salarios. Como lo anticipé en varios libros, la economía mundial pasó a operar con exceso de ahorro (ingreso nacional superior al gasto) y tasa de interés cero. Las nuevas condiciones invalidaron las teorías convencionales del libro de texto que suponen el funcionamiento de las economías con tasas de interés positivas.

Lo cierto es que luego de diez años el diagnóstico de exceso de ahorro y tasa de interés cero no se ha reconocido en términos formales e institucionales. Los países en desarrollo, en particular los de América Latina, continuaron operando como si no hubiera ocurrido nada. En cambio, las economías desarrolladas han tratado de adaptarse para sacar ventaja de las nuevas condiciones. Tales fueron los casos de Estados Unidos y Europa, que montaron sistemas de compra de títulos del tesoro (relajación cuantitativa) para mantener tasas de interés por debajo de cero y propiciar grandes devaluaciones de las economías con monedas de reserva. El expediente fue muy efectivo en ambas regiones, pero no a nivel mundial. Las balanzas de pagos se mejoraron a cambio de desmejorar las de los socios comerciales y trasladarles el exceso de ahorro mundial. Así, en 2009 Estados Unidos se reactivó a expensas de Europa, en 2013 Europa se reactivó a expensas de América Latina.

La decisión reciente del Congreso estadounidense de bajar el impuesto a las corporaciones va mucho más lejos. Significa una elevación del déficit fiscal de 3,5 % del PIB a 5 %. Usualmente un aumento del déficit fiscal de esa magnitud sería acompañado de un alza de la tasa de interés para evitar presiones inflacionarias, propiciar la revaluación y extender los beneficios al resto del mundo. Pero eso no va a ocurrir. El nuevo presidente de la Reserva Federal fue nombrado para mantener las tasas de interés bajas y evitar la revaluación del dólar. Lo que se va a tener es un aumento del déficit fiscal financiado con emisión, devaluación y sin expansión del déficit en cuenta corriente que impulse al resto del mundo.

La reactivación se concentra en Estados Unidos y significa un riesgo mundial. Para empezar, el experimento elevará la inflación mundial y acentuará los desajustes de balanza de pagos de los países en desarrollo.

Se ha configurado un marco internacional asimétrico. Los países desarrollados tienen amplios poderes para afectar los tipos de cambio y mejorar sus balanzas de pagos (balance externo), y para financiar los déficits fiscales con emisión, mantenerlos por encima de los déficits en cuenta corriente y reducir el exceso de ahorro (balance interno). En contraste, los países en desarrollo no tienen más opción que emplear sus políticas macroeconómicas para corregir los desajustes de las balanzas de pagos. Están desprovistos de medios para reactivar las economías en condiciones de exceso de ahorro. Por eso, Colombia lleva cuatro años en estancamiento y elevados déficits en cuenta corriente.

Es hora de que los líderes de América Latina adviertan que el consenso sobre tasas de cambio flotante y bancos centrales autónomos dejó de existir. Quiérase o no, los países tendrán que avanzar hacia bancos centrales integrados con el sistema fiscal, intervención en el mercado cambiario y políticas industriales y comerciales audaces.

El Espectador, Bogotá.