El terrorismo en la época del “biomercado”

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La verdad, un problema político: neoliberalismo y medios de comunicación

Por Nora Merlin

Atentados imprevistos, acciones violentas sorpresivas en situaciones cotidianas que incluyen un gran despliegue escénico, los actuales fenómenos de terrorismo constituyen una nueva modalidad de la pulsión de muerte. No tienen un enemigo predeterminado sino que cualquiera puede constituirse en el blanco; es un “tiro por elevación” contra poblaciones civiles, que deja decenas o centenares de víctimas. Se pueden diferenciar dos niveles: el terror de la comunidad y la afectividad de quien se inmola realizando el acto terrorista. Hoy queremos indagar en esta segunda perspectiva, la de la nueva modalidad de suicidio y exterminio, a partir de los aportes del psicoanálisis (el primer nivel, el estudio de la subjetividad de una cultura afectada por esos actos, lo dejaremos para otra ocasión).

Los actos terroristas se encuentran estrechamente ligados con la época en que se producen. Destacar esta cuestión resulta de crucial importancia, ya que si no se efectúa un buen diagnóstico de esta modalidad epocal no se acertará con sus soluciones, tal como viene ocurriendo con las políticas de control y represión, basadas en una concepción policial del estado, que producen segregación. Por este camino el remedio ya no se distingue de la enfermedad, puesto que las actuales políticas de “combate contra el terrorismo” (sic) conducen al aumento de la xenofobia, del racismo y a una guerra de todos contra todos que pone en riesgo el destino de la humanidad. Hay quienes se preguntan por las características psicológicas, raciales o religiosas de los terroristas buscando encasillar “el mal” en determinados rasgos inherentes. Sin embargo, para su intranquilidad y alarma, los actos terroristas no pueden pensarse a la manera lombrosiana, porque no hay ningún ser propio, ninguna esencia de sus agentes. Más bien, estas exhibiciones de violencia no pueden concebirse si no se sitúan en el contexto de la época: un capitalismo neoliberal en el que las democracias se encuentran dominadas por el mercado.

Michel Foucault planteaba una relación indisoluble entre la política y la vida. Su concepto de biopolítica designaba el control ejercido sobre el cuerpo (individual y social) bajo el capitalismo. En esta línea, para definir la época del capitalismo en que vivimos queremos proponer la expresión “biomercado”. A fines de la década de 1980, el capitalismo de modelo fordista y el Estado de bienestar fueron reemplazados por un capitalismo especulativo financiero, en el que la circulación irrestricta del capital posibilitada por la desregulación de los mercados produjo la exclusión de vastas poblaciones. El biomercado al que nos referimos consiste en el comando absoluto del mercado sobre los cuerpos, a la par de un funcionamiento “como si” de los mecanismos simbólicos de regulación. Al encontrarse debilitados, dichos mecanismos no cumplen ya su función reguladora, situación que ocasiona el sometimiento de una subjetividad que se halla casi sin protección alguna frente a la pulsión de muerte (consumo). El mercado decide y administra el modelo de vida y de muerte de la población, quiénes y cómo deben vivir o morir. Se trata del cálculo thanático de la exclusión llevado hasta sus últimas consecuencias: una parte de la población no tiene lugar, sencillamente “no entra”.

Hoy el mercado abarca casi la totalidad de las expresiones culturales. También se apropia de los Estados, se disfraza de ley y en lugar de regular el consumo lo exige cada vez más, haciendo de éste el imperativo rector de la época. Esta lógica, promovida una y otra vez por medios masivos de comunicación concentrados, hace de la cultura una masa, el modo social que caracteriza al biomercado. Un mundo organizado como masa empuja a la uniformidad: lleva a cada uno a parecerse a los otros, a ser lo mismo, a gozar de lo mismo y del mismo modo. La masa constituye un sistema cerrado sobre sí, que opera el rechazo de la singularidad conformando una igualdad imaginaria sugestionada, colonizada por el marketing y patologizada por los medios de comunicación. La bestia neoliberal es un dispositivo de producción de objetos y acumulación de capital, que incrementa su poder a costa de la subjetividad. Freud vio en la psicología de las masas y su fabricación de objetos en el lugar de sujetos un prolegómeno del totalitarismo. Esas consideraciones continúan vigentes en la cultura globalizada de hoy, sometida a constantes procesos de homogeneización que debilitan los lazos sociales y producen incalculables desigualdades, exclusiones y destituciones salvajes de la subjetividad. En la época del biomercado, los gobiernos, que no regulan el consumo, la violencia y el odio entre los semejantes, se limitan a gestionar y cumplir las directrices impartidas por el poder financiero. Dominados por el mercado, los Estados nacionales se muestran incapaces para cumplir con sus funciones elementales de brindar protección y amparo, y en consecuencia no consiguen disminuir la hostilidad entre las personas. Un sujeto sometido a un imperativo voraz que cada vez le exige más consumo está sustituyendo a la ley del padre, lo que ocasiona que la culpa que aparejaba esa ley deje de funcionar como uno de los diques de la civilización. Un cuerpo social y singular apenas provisto de ropajes simbólicos y protectores se encuentra ante la descarnada irrupción de la angustia, el afecto paradigmático del capitalismo, en su versión radical.

Freud y Lacan definen el estado de angustia en términos de desvalimiento y desamparo. Freud hace referencia a la Hilflosigkeit, el desamparo en el cual el hombre en relación consigo mismo no puede esperar ayuda de nadie: el desasosiego absoluto. La denomina angustia automática, una reacción que se produce en forma involuntaria causando una inundación que deja fuera de juego la defensa, un exceso de estímulos imposible de ser tramitados. En el “Proyecto de una Psicología para Neurólogos” este estado se expresa en el grito del indefenso y desamparado sin la presencia del otro auxiliador capaz de escuchar.

En la época que llamamos del biomercado, caracterizada por la caída del Padre como ley que organiza la cultura y una masa sugestionada que no constituye lazo social, asistimos al incremento de manifestaciones que, en el límite de la subjetividad colindantes con la angustia, adquieren el estatuto de actos. Lacan, en el Seminario de la angustia, establece que el pasaje al acto implica una salida de la escena, un dejarse caer; constituye una respuesta que se produce cuando las coordenadas simbólicas se desvanecen y no queda más que la sustracción del sujeto. Dicho pasaje no consiste en el armado de una escena, una mostración o una significación para otro –no se dirige al Otro ni lo convoca– sino en una rápida salida de la escena que anula al sujeto. El acto se produce cuando alguien asediado por la angustia en un punto extremo de la subjetividad pierde las coordenadas simbólicas y el recurso a la palabra que le permitían sostener la escena del mundo. Según Lacan la angustia es el único afecto que “no engaña”, en el cual el sujeto, sin recursos simbólicos, queda reducido a la condición de objeto. El pasaje al acto es una salida, un modo de arrancarle a la angustia su certeza. Para Lacan, la clave del pasaje al acto se encuentra en el suicidio: una acción que se presenta como “loca” porque, ante la angustia radical, el sujeto se identifica al objeto desligándose absolutamente del Otro. Mediante un corte brutal, arrojarse le da un carácter insensato e irracional, que los demás “no entendemos”.

En cuanto a los actos terroristas, éstos constituyen una respuesta, un síntoma de algo que no anda en lo social. Sin embargo, el actual paradigma del capitalismo no tiene por qué ser considerado el fin de la historia. Es posible que dejemos de estar manejados como marionetas por el mercado y decidir cómo queremos vivir, asumiendo la responsabilidad de nuestros destinos comunes. En una cultura organizada por Eros, la política, la humanidad, tal vez podría advenir.

Página/12, Buenos Aires.