El trapo rojo es tarjeta roja a la desigualdad

Esos trapos rojos que iniciaron como el SOS de la necesidad están en camino de convertirse en el símbolo de la lucha por un nuevo modelo de desarrollo, emanación concreta de las marchas del 21N en cuarentena.

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POR CLARA LÓPEZ OBREGÓN / SEMANA.COM

Cuando la cuarentena apenas llevaba una semana, los trabajadores informales, cientos de miles de personas que viven al día del rebusque o de salarios sub-mínimos, habían agotado sus pocas reservas y empezaban a pasar física hambre. El Gobierno, debilitado en sus canales de transmisión de la política social tras treinta años de privatizaciones, no calculó la envergadura del desafío social, ni destinó los recursos necesarios para solventarlo.

No se pretende menospreciar los apoyos financieros y la devolución del IVA a los 4.5 millones de beneficiarios de Familias y Jóvenes en Acción y de Colombia Mayor, quienes están identificados y bancarizados. Pero más allá de los “sisbenizados,” hay un universo mucho más grande de personas que se quedaron sin ingresos y que no tienen ahorros para sobrevivir el confinamiento sin trabajar. No puede, entonces, sorprender que la desesperación empezara a extenderse en un país donde cuatro de cada cinco personas del mercado laboral devengan menos de dos salarios mínimos y la mitad, menos de uno. Muchos alcaldes recurrieron a las fuerzas policiales para controlar las protestas cuando era (es) menester aplacarlas con mercados y diálogo.

Los trapos rojos en señal de necesidad brotan por todas partes. El alcalde de Soacha hizo propia esa iniciativa ciudadana, pero con “la idea inicialmente que entre vecinos se apoyen proporcionando alimentos o donaciones a los que más lo necesiten en el sector.” Las fotos de Soacha son muy conmovedoras. Por los Altos de Cazucá se exhiben en casi todas las ventanas. ¡Quién podrá auxiliar a quién? Es loable el propósito, pero un pobre sustituto de la política de compensación social por el confinamiento que debió cofinanciar el gobierno nacional ya que, con contadas excepciones, municipios y gobernaciones carecen de recursos para atender con suficiencia, la emergencia en salud, agua potable y alimentación.

Esos trapos rojos que iniciaron como el SOS de la necesidad están en camino de convertirse en el símbolo de la lucha por un nuevo modelo de desarrollo, emanación concreta de las marchas del 21N en cuarentena. Para muchos no ha pasado desapercibido que mientras las ayudas a los pobres no llegan, las destinadas al sector financiero y a algunas grandes empresas están fuera de lugar. Tal el caso de la reedición de Agro Ingreso Seguro por parte de Finagro con la línea especial de crédito, Colombia Agro Produce. Extendida por valor de $226.000 millones para ayudar a los pequeños y medianos productores del campo, $213.566 millones han ido parar a manos de grandes comercializadores y agroindustriales y solamente $8.300 millones a los medianos y $ 4.200 millones a los pequeños productores, según informó la Contraloría.

Algunos bancos parecen estar utilizando la inyección de liquidez del Banco de la República para sustituir cartera y, en vez de bajar la tasa de interés en respuesta a la reducción de la tasa del banco central, la hayan aumentado en dos o tres punto. Mientras tanto, el cupo del Fondo de Garantías Financieras de $5 billones para garantizar los préstamos a las pequeñas y medianas empresas destinados el pago de las nóminas, sigue subutilizado por las dificultades de acceder al crédito bancario.

Tal vez la medida más criticada ha sido la reducción de encajes que ha liberado $9.4 billones a los bancos para que compren bonos de deuda pública para financiar gastos de la pandemia. El nuevo endeudamiento intermediado por los bancos le costará al fisco arriba de $564.000 millones en el año, aumentando las ganancias de los bancos y también el déficit fiscal. La pregunta es, ¿por qué el Banco de la República no le presta directamente al Gobierno para que los intereses se queden en casa?

Es la verdadera ley del embudo del cantante del pueblo; “Lo ancho pa‘ ellos y lo angosto pa‘ uno.” Sin duda ese trapo rojo en las barriadas populares es también una tarjeta roja a la manera de ejecutar las políticas de la pandemia. No hay discurso que pueda justificar que la desigualdad siga rampante y el propósito de enmienda desaparecido por completo.