Explicaciones de un perplejo…

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Por Jairo Rivera Morales

En Colombia estamos como estamos porque en el timonel del barco en que viajamos casi siempre estuvo a la Derecha.

Somos lo que somos porque este territorio, regado con sangre de nuestros antepasados -¡los mayores que anhelaron autonomía, justicia, paz y libertad!- no ha tenido orientación ni «corpus» de nación, ni se ha dado una conducción acorde con criterios modernos y democráticos acerca del papel del Estado en la vida de la sociedad.

Ocupamos -¡compitiendo con Haití!- un lugar supremamente destacado como país con altísimos niveles de pobreza, desigual distribución de los ingresos, privilegiada y excluyente posesión de los bienes, y acaparamiento humillante de las posibilidades.

Ostentamos los índices más altos de concentración de la propiedad territorial y de usufructo desigual e inequitativo de sus rentas.

Hemos sido, desde hace mucho tiempo, el país más violento del continente; el de los más grandes e inenarrables genocidios; el de la más inverosímil cantidad de masacres; el de la mayor criminalidad estatal y paraestatal comprobada; el de los más aterradores relatos sobre la cooptación del Estado por las mafias.

En ningún otro país del continente prosperó mayormente el narcotráfico junto con sus secuelas corruptoras y violentas.

Ningún otro Estado Nacional latinoamericano le dio «patente de corso» a la existencia del paramilitarismo, como el colombiano.

La élite del poder, la llamada «clase dirigente colombiana», indudablemente ha llegado a ser la más corrupta dentro del concierto de las naciones suramericanas. Precisamente por eso, tanto como por ser la más violenta y la más tramposa, es la que menos autoridad moral y política tiene para posar de «democrática».

Razones de peso que también son causa para vivir «patrióticamente» preocupados ante la posibilidad de ver a la izquierda castro-chavista tomándose el poder para convertir «a esta Colombia amada e impoluta» en otra Cuba o en otra Venezuela. ¡En QUAC también hay tiempo para el humor!

Definitivamente no fue vana la advertencia de Facundo Cabral: «No estamos deprimidos sino distraídos». Y, por ende, despistados y confundidos…

¿Castigo de qué?

¿De haber amado tanto la libertad, la justicia y la protesta? ¿De haber reivindicado de manera temprana el derecho a la rebelión? ¿De haber pasado inopinadamente de la rebeldía y la liberación a la conformidad y el vasallaje? ¿De haber sido «entenados de una despótica familia de próceres; libertos de una vanidosa casta feudal; hijos putativos de las cadenas; ahijados de sus propios explotadores; pupilos de los grandes empresarios; mesnada de los advertidos filántropos del paternalismo; catecúmenos de la iglesia cesárea», como escribiera en su poema Jorge Zalamea?

¿De haber alimentado y propagado el mito santanderista de que lo formal es real, relegando la verdad al papel de la informalidad, obturando el deseo mediante el torticero expediente de asimilarlo como posesión? ¿De haberle comido tanta carreta a los predicadores, a los reformadores, a los «loteadores de paraísos y nirvanas», a los enviados del destino, a los ortodoxos programadores de revoluciones que terminaron siendo planificadores de sendos conformismos? ¿De vivir siendo «víspera de todo y día de nada»?

¿De haber permitido que, para dirigirnos, nos hayan atemperado con ese fatídico estado de casos y de cosas en el que «parecemos una nación a punta de perecer todos los días», como dijera Luis Carlos Galán Sarmiento? ¿De haber sido más territorio que Estado y más Estado que nación, como también él lo dijera?

Dice, casi reza, el bolero de don Álvaro Carrillo: «Sabrá Dios, uno no sabe nunca nada…»