Incipientes astillas de videncia

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Por Jairo Riera Morales

Los problemas atinentes a la tenencia de la tierra y a la apropiación de la renta generada por el control del territorio, han sido detonantes fundamentales de las guerras de nuestra historia: las guerras incontables de las estirpes engendradas desde Macondo. Las mismas guerras que marcaron el destino de Colombia con la impronta de la muerte, al tiempo que instalaban en nuestras frentes la cruz de ceniza de incontables Aurelianos -ora reconocidos, ora innominados- obligados por la codicia insaciable de los cabecillas del saqueo -“héroes y próceres” confeccionados a la medida de las más mezquinas y torpes ambiciones- a verter sueños, energías y sangre en los campos de mil batallas demenciales. El nombre más adecuado para nuestra historia podría ser: ‘Memorias de una feroz acumulación por desposesión’.

Indudablemente, el mayor antídoto de la violencia es la democracia. Pero no ésta democracia de pacotilla y opereta de la cual nos jactamos por asimilación indebida de espejismos interesados y de envejecidas manifestaciones y modalidades del eurocentrismo: y todo porque hemos sido como el bobo que presume de lo que carece. Para derrotar la inhumanidad inoculada en los anales de nuestro discurrir por la llamada ‘clase dirigente’ necesitamos volver por los fueros del humanismo. Pero no para reivindicar el humanismo burgués -manido y fracasado- sino para postular e implantar uno nuevo: social, moderno, democrático, desalienado. Un día el profesor Antonio García postuló que “la democracia, como el amor, es todo o no es nada”. Quienes con él coincidimos en tan iluminada apreciación debemos proclamar que el “Estado Social de Derecho” consagrado en la Constitución de 1991 unas veces se nos ha dado como artificio, otras como tranquilizante y otras como simple entremés carente de proyección y sostenibildad.  No se desarrolla ni se consolida el ejercicio de los derechos fundamentales allí donde la democracia no es orgánica e integral; es decir, donde no es económica, social, política, cultural e internacional.

Necesitamos promover y aclimatar una cultura que invalide el culto de las antivalores. Generar actividades, actuaciones y actitudes, que conduzcan al país hacia la derrota de los enemigos inveterados de lo público. Instaurar el advenimiento de expresiones de resistencia civil que trabajen para “desfacer” nuestro mayor entuerto: La apropiación de lo público por agentes e intereses privados. Buscar que el territorio sea un bien con indefectible funcionalidad social y no el capital rentista de indolentes grupos financieros o de redes mafiosas asesinas. He ahí la tarea más urgente de la Izquierda colombiana hoy atomizada por fulanismos, mezquindades, patronalismos y yerros que corresponden a la ausencia de objetivos estratégicos trazados a mediano y largo plazo…

Cuando a eso lleguemos y eso hagamos probablemente las estirpes de Macondo dejarán de vivir entre el presagio y la angustia de que sus descendientes -¡nuestros descendientes!- puedan asomarse al valle de la vida exhibiendo la cola de cerdo consabida… ¡Y, muy seguramente, tendremos una segunda oportunidad sobre la tierra!