La acumulación por desposesión

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Por David Harvey

El siguiente texto es un fragmento del capítulo “La tierra plana del utopismo neoliberal” del libro “El cosmopolitismo y las geografías de la libertad”, del geógrafo inglés David Harvey.

La desregulación iniciada en la década de 1970 ha permitido que el sistema financiero se haya convertido en uno de los principales centros de actividad redistributiva a través de la especulación, la depredación, el fraude y el robo. El sistema capitalista financiero ha pasado a tener como rasgos esenciales la promoción de las acciones bursátiles, la liquidación de activos mediante fusiones y adquisiciones, la promoción de unos niveles de deuda que reducen a poblaciones enteras, incluso en los países capitalistas avanzados, a la servidumbre (en los Estados Unidos, la deuda de los hogares se ha multiplicado por tres en los últimos treinta años, pese a que los salarios se han estancado), por no mencionar el fraude empresarial y la depredación de los fondos de pensiones. La importancia concedida a los valores de las acciones, resultado de la fusión de los intereses de los propietarios y los gestores de capital en virtud de la remuneración de estos últimos en opciones sobre acciones, llevaron a que se manipulase el mercado, con lo que unos pocos amasaron una fortuna inmensa a costa de la mayoría. El espectacular colapso de Enron fue un caso emblemático de un proceso general que desposeyó a mucha gente de su sustento y de sus derechos de pensión.

Tampoco podemos perder de vista los ataques especulativos –como los que desencadenaron la crisis asiática de 1997-1998– lanzados por los fondos de alto riesgo y otras grandes instituciones del capital financiero. Aquellos ataques fueron la avanzadilla de la acumulación por desposesión a nivel mundial, aun cuando supuestamente conferían a la clase capitalista la ventaja de «diversificar riesgos». Como hemos visto, por encargarse de esas tareas, los directivos de los principales fondos de alto riesgo ganaron de media 250 millones de dólares en concepto de remuneración sólo en 2005, cifra por otro lado insignificante si se la compara con los emolumentos de algunos directivos en 2007, que superaron los 3.000 millones de dólares.

Al margen de la espuma especulativa y a menudo fraudulenta que caracteriza una gran parte de la manipulación financiera neoliberal, «la trampa del endeudamiento» actúa en un plano más profundo como un medio esencial de acumulación por desposesión. La creación, la gestión y la manipulación de la crisis a nivel mundial han dado lugar al exquisito arte de la redistribución deliberativa de la riqueza desde los países pobres hasta los países ricos. Las crisis de deuda en países concretos, tan poco habituales en la década de 1960, se volvieron muy frecuentes en las de 1980 y 1990, hasta culminar en la crisis financiera de 2008, que cogió desprevenida a gran parte de Wall Street, aunque diversificó las pérdidas (en lugar de los riesgos) por doquier. Cuanto más frecuentes eran las crisis de deuda, más se pregonaba que la solución consistía en racionalizar la deuda generando una deuda mayor aún pero mejor estructurada (esa era la estrategia en la que se especializó el FMI y que en la actualidad guía las medidas de los banqueros centrales de todo el mundo).

Apenas hubo país desarrollado que no sufriera las consecuencias de unas crisis orquestadas, gestionadas y controladas tanto para racionalizar el sistema como para redistribuir activos desde las economías más pobres y vulnerables hasta las metrópolis financieras. Robert Wade y Frank Veneroso han descrito así los efectos de la crisis asiática de 1997-1998:

«Las crisis financieras siempre han dado lugar a traspasos de propiedad y poder, acumulados por aquellos que conservaban intactos sus activos y estaban en posición de generar crédito. La crisis asiática no ha sido una excepción […] pues es indudable que las corporaciones occidentales y japonesas son las grandes ganadoras […] La combinación de devaluaciones masivas, de la liberalización financiera impulsada por el FMI y de la recuperación financiera promovida por ese mismo organismo pueden llegar a producir la mayor transferencia de activos en tiempos de paz, desde propietarios nacionales a extranjeros, de los últimos cincuenta años en todo el planeta, superando ampliamente las transferencias similares a propietarios estadounidenses que se produjeron en toda Latinoamérica en la década de 1980 o en México después de 1994. La situación hace recordar una frase atribuida a Andrew Mellon: “En una depresión, los activos vuelven a sus legítimos propietarios”»

Aunque la crisis financiera de 2008 parece diferente, en realidad encaja perfectamente en esta larga historia. La única diferencia significativa es que resulta más amplia y más profunda. En el pasado se han orquestado crisis y devaluaciones localizadas para facilitar la acumulación por desposesión sin provocar un colapso general o una revuelta popular demasiado violenta. El programa de ajuste estructural gestionado por Wall Street, el Departamento del Tesoro y el FMI –los tres núcleos del complejo imperialista del poder financiero– se ocupa de lo primero, mientras que mantener controlado el descontento le corresponde al aparato estatal del comprador neoliberal (respaldado por la asistencia militar de los poderes imperiales) en el país o en el sector atacado.

Sin embargo, en 2008, la crisis que empezó en los Estados Unidos se extendió rápidamente por todo el mundo. La respuesta se ciñó a la vía típica adoptada por el FMI, pero en esta ocasión los gobiernos y los banqueros centrales (en lugar del FMI) rescataron a las instituciones financieras e hicieron que la ciudadanía pagara esos rescates mediante una mezcla de desempleo, recesión, pérdidas en el valor de sus activos (particularmente en la vivienda) y un incremento desmesurado de la deuda nacional. Algunas entidades de Wall Street quebraron o se vieron obligadas a fusionarse con otras, pero las que se mantuvieron en pie son más poderosas que nunca. La regla neoliberal de rescatar a las instituciones financieras a expensas de la gente se aplicó meticulosamente y a un coste inimaginable. Lejos de señalar el final del neoliberalismo, la crisis financiera de 2008 fue, desde el punto de vista de la consolidación de un despótico poder de clase, su culminación, aun cuando eliminara el velo retórico sobre la supuesta dedicación del neoliberalismo a las libertades individuales.