La Casa de Papel: la resistencia light

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Fotograma de La Casa de Papel.

POR ROBERTO AMOREBIETA /

La exitosa serie de televisión española se presenta como una emocionante apología a la desobediencia a la autoridad, pero en realidad vende un modelo de lucha que disuelve cualquier iniciativa colectiva de transformación.

Un overol rojo, una máscara con el rostro del pintor Salvador Dalí, un sofisticado equipo militar, un plan perfecto. Son algunos de los componentes que han llevado a la serie española “La casa de papel” a ser una de las producciones audiovisuales en castellano más vistas en la historia de la televisión. La trama es sencilla: Unos hábiles ladrones se toman por asalto la fábrica de la moneda y montan una estrategia para distraer a la policía y ganar tiempo mientras imprimen su propio dinero en las rotativas de la fábrica.

La serie atrapa inmediatamente al espectador, hay que decirlo. La trama está muy bien construida y permite –en un permanente ir y volver entre el momento del atraco y el pasado– introducirse en la historia de una estrategia que va sorprendiendo, capítulo a capítulo, no solo a la policía sino al propio televidente. El ritmo de la narrativa es trepidante, veloz, solo pausado algunas veces por momentos de calma que –pronto queda claro– no son más que preludios de la tormenta.

Los personajes –unos más que otros, también hay que decirlo– están cuidadosamente elaborados y generan empatía. A través de diálogos inquietantes pero sin pretensión de intelectualidad, logran que el espectador se ponga en sus zapatos y se sienta como ellos. Sí, los buenos son los ladrones, los malos son los policías. Pero no es tan sencillo. “La casa de papel” no es una producción más sobre atracadores que, por cierto, es una historia ya contada por Hollywood en varias películas. Esta serie tiene un elemento nuevo que la hace diferente y –aparentemente– transgresora: Su apelación a la resistencia.

Iconografía de izquierda

Así es. Los atracadores no son vulgares ladrones que persiguen el lucro a punta de pistola. Tienen honor, defienden valores, creen en sus principios. Nos lo muestran todo el tiempo. A pesar de que todos tienen un largo prontuario como asaltantes, falsificadores o mercenarios, ellos no son malas personas. En el fondo son víctimas de las circunstancias. Son víctimas del sistema. Y eso es lo que en últimas justifica todo el atraco: La venganza contra el sistema que los ha excluido. Por eso el operativo no es contra nadie en particular, es contra la estructura: “No robaremos a nadie, imprimiremos nuestro propio dinero”, dice el “Profesor”, líder de la banda. “Sólo podremos tener a la opinión pública de nuestro lado si no se derrama una gota de sangre”, proclama con solemnidad.

La resistencia aparece por todas partes. La serie está llena de símbolos y apelaciones sutiles a la iconografía de la izquierda. El uso del color rojo como una especie de hilo conductor estético que identifica todas las cosas importantes en la narrativa. El cumpleaños de “Moscú” el 1 de mayo. Las referencias al matriarcado y –en particular en la tercera temporada– al acoso laboral y sexual contra las mujeres. La máscara de Dalí como símbolo de “inspiración” para muchas personas alrededor del mundo que la usan en manifestaciones de protesta. La forma de presentar a los agentes del Estado bien sea como personas brutales y sin escrúpulos o como seres ingenuos y predecibles. La comparación de la banda con los manifestantes del 15M en Madrid.

Y por supuesto, la guinda del pastel. El uso de la canción Bella Ciao como himno de la banda. Según la trama de la serie, los organizadores del atraco (el “Profesor” y “Berlín”) son descendientes de partisanos comunistas que lucharon contra el fascismo en Italia durante la Segunda Guerra Mundial. De ellos aprendieron la canción que, como se sabe, es una tonada tradicional italiana que los partisanos adaptaron como himno durante la guerra. En la serie, es la canción que los asaltantes cantan y bailan eufóricamente cuando tienen un éxito en el atraco. En la vida real, es el espectador quien queda con ganas de seguir cantando la canción cuando se ha terminado el capítulo.

Ese carácter aparentemente transgresor de la serie es una de las cosas que la hacen tan atractiva. Al ponerse en el lugar de los atracadores, el televidente se siente haciendo más que una pilatuna, se siente cambiando el mundo, se siente haciendo la revolución. Y es allí donde radica el carácter corrosivo de este tipo de producciones audiovisuales que, sin darnos cuenta, influyen enormemente en la formación de la ideología dominante.

Narcisismo neoliberal

El problema con “La casa de papel” es que deforma la esencia misma de la resistencia presentándola de una forma narcisista, donde todo el tiempo se refuerza la idea neoliberal de que “el cambio está en ti” porque “el sistema está contra ti”. La serie es, de este modo, tal vez uno de los productos ideológicos más refinados de los últimos años porque se aprovecha de la sensibilidad contemporánea –individualista, competitiva y desencantada– para vendernos una forma de resistencia que no cambia nada, solo la circunstancia individual. En el mundo de “La casa de papel” no hay clases sociales, no hay explotación. Solo hay individuos excluidos que rompen todos los parámetros del sistema para, irónicamente, lograr ser incluidos en él.

Así, los atracadores cubren su propia codicia con un manto de buenas intenciones. Son los emprendedores por excelencia. Aquellos que no se sientan a quejarse o a esperar que “papá Estado” les proteja. Aquellos que se han ganado a pulso lo que poseen y pueden comprar, como cualquier cliente, su reconocimiento como miembros del grupo social.

La organización, lo colectivo, la banda de atracadores, no son más que instrumentos al servicio de proyectos individuales. En palabras del sociólogo mexicano Fernando Escalante, es lo público al servicio de lo privado. Es la aspiración individual la que utiliza lo colectivo como herramienta e, hipócritamente, como justificación.

Sentido crítico

Lo anterior no es de sorprender. “La casa de papel” es una producción original del grupo Atresmedia, uno de los conglomerados mediáticos más grandes de España, tanto así que es parte del IBEX 35, el grupo de 35 empresas españolas más importantes en la bolsa de valores. Uno de sus propietarios es el grupo Planeta, que ya controló el diario El Tiempo antes de vendérselo a Sarmiento Angulo, y que representa lo más granado del conservadurismo reaccionario en el panorama mediático español.

No obstante, hay que ver “La casa de papel”. Es una buena producción, pero no hay que dejarse engañar por las apariencias. Como con cualquier producto proveniente de las industrias culturales, hay que tener el sentido crítico afinado para identificar la intención política que se oculta tras los diálogos emocionantes, las escenas impactantes o los desenlaces conmovedores.

Que no nos pase como a cierto periodista que cubría las manifestaciones de los “chalecos amarillos” en Francia. En una ocasión, para reportar que los manifestantes cantaban el Bella Ciao en medio de los enfrentamientos con la policía, el periodista tituló: Chalecos amarillos cantan la canción de “La casa de papel”.

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