La Colombia del No y del Sí en el plebiscito

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omar-ospinaPor Omar Ospina García

La victoria del NO en el plebiscito del pasado 2 de octubre fue el «NO» de los puros, de los impolutos, de los que quieren un país «decente» consagrado al Corazón de Jesús como siempre desde hace más de un siglo; que vaya a misa los domingos al templo católico o a la iglesia evangélica; que no se unte de divorciadas, homosexuales, indios, negros y otros apestados semejantes; que no aborte porque toda criatura es hija de dios aunque la haya gestado un borracho o un loco o una turba de violadores; que no decida morir cuando la vida le sea invivible sino que la soporte hasta el martirio porque no es suya sino de un dios que no estuvo ni en la gestación ni en el parto ni estará en el último aliento; es decir, el país angelical de la Constitución del 86, el de Monseñor Miguel Ángel Builes y el permiso para matar liberales, el del cura de pueblo que les niega la comunión a la divorciada y al marica pero le ordena al monaguillo de 8 años que lo espere en la Sacristía. Es el país de Álvaro Uribe y sus paramilitares, el de María Fernanda Cabal y su marido ganadero y latifundista, dueños de haciendas inmensas que pide solapadamente a los militares que defiendan de la «restitución», cuando les recuerda que no son un Ejército vestido de rosa sino un cuerpo armado que debe «entrar a matar», el país de Paloma Valencia y sus tierras caucanas arrebatadas a los indios por sus abuelos, en fin, el país de un 8% de nuestra gente. El país miserable del uribismo y de la religión cristiana y del Frente Nacional.

El país del otro 8%, el del SÍ, es el nuestro, el del futuro, el que nos importa porque nos importan su ayer, su hoy y su mañana. Ese que votó SÍ a la paz y sí al futuro y SÍ al «otro», al de las FARC y el ELN que quieren dejar la guerra y hacer política con ideas, el del perdón a los guerrilleros con ideales y con errores y también a los paramilitares con ambición y codicia y con órdenes de «arriba» para matar o desplazar al campesino, pero que también quisieran vivir en paz.

Queda el otro país, el indiferente y el cómodo al que nada le importa, o casi nada. El del indolente que cede el puesto de acción para no limpiarlo y sentarse a trabajar, a crear, a producir y a reclamar lo que le pertenece. El que no va a votar porque está muy pendiente de la telenovela rosa, del gol de James, del triunfo de Nairo, del trasero de Sofía, del nuevo hijo de Shakira, del mozo de la vecina o de la amante del marido de su amiga. El país de la farándula y del té canasta y el chisme de cocina; el del SPA para moldear la figura y poder modelar en la pasarela o en el Mall o para ser Metrosexual. Ese país, es el mayoritario, es el del 19% de los votantes que es el 75% de los ciudadanos, las tres cuartas partes de un país al que no le importa quién es el mandatario o por dónde caminamos con tal de que tenga para la entrada al fútbol o para la borrachera semanal o para el salón de belleza o para el terno del cumpleaños o para el vestido nuevo de la primera comunión del hijo o para la operación triple, combo de nariz, tetas y culo, para la hija quinceañera. Ese país que es más despreciable que el del NO porque ni siquiera se Importa a Sí mismo.

Ese país, el indolente y el indiferente y el despreciable, es el que tenemos que combatir nosotros los del 8% que nos atrevemos al pensamiento y al dolor por el futuro de la patria. Porque SÍ se puede cambiar… Nosotros lo hicimos porque nosotros un día también fuimos parte de ese «virtuoso» 8% inicial o de ese deleznable 75% indolente y mediocre. Y Cambiamos.