Los países no necesitan gerentes sino estadistas

603

Por Omar Ospina García

Febres-Cordero, Macri, Temer, Uribe, Peña Nieto, Collor de Melo, Barco, Santos, Sixto Durán-Ballém, De la Rúa, Piñera y otros directamente, o políticos como interpuestas personas obsecuentes servidores del capital, hicieron y han hecho de sus países cementerio y presidio o supermercado, o las tres cosas.

He ahí el riesgo humanitario de tener como Presidente a un empresario u hombre de negocios. Su mentalidad está dirigida a minimizar costos (reducir empleos y salarios), acrecentar utilidades (maximizar la rentabilidad) y crear riqueza monetaria (acumular capital). Esa es la razón de ser del sistema capitalista, en el cual el dinero y las mercancías, los “Bienes terrenales del hombre”, ocupan lugar de privilegio y preeminencia por sobre los seres humanos, simples fichas prescindibles o intercambiables del dominó empresarial económico.

Pero un país, una nación, está compuesta por gentes de muy distinta condición económica. Desde ultra millonarios hasta miserables (en el sentido económico), que viven bajo el puente y comen de la basura; desde sabios y científicos hasta analfabetos y albañiles; desde militares y policías hasta curas y monjas, y por lo tanto un empresario es incapaz y es inepto para dirigirla pues su mira son los negocios y la rentabilidad, y a una nación eso no debe interesarle. Al contrario, a una  nación que se precie de serlo, le importa el bienestar de toda la sociedad y debe poner especial atención en los más desposeídos y marginados, esos, justamente, que no producen rentabilidad porque ya la produjeron o porque son física o mentalmente desvalidos. Pero que también forman parte de su conglomerado humano, diverso y múltiple.

En tal sentido, y como la nación no tiene por qué presentar rentabilidad ni utilidades a partir del uso de sus recursos naturales y humanos, el mandatario empresario se las ingenia para que esos recursos estén a disposición de sus negocios propios o los de sus amigos empresarios, pues se han acostumbrado a la falacia de que la creación de riqueza para unos pocos, dejará caer unas gotas de la mesa de Epulón para los pobres y los desvalidos a su servicio.

No sucede así, como bien sabemos. La codicia, paso siguiente ineludible de la ambición económica de enriquecimiento, genera desigualdades irreversibles e impide la redistribución de la riqueza vía reconocimiento y respeto por el trabajo. Lo dijo Macri y lo dicen todos ellos: “El salario es un costo que hay que reducir”, aunque esa reducción reduzca de paso la vida digna del trabajador.

Fue por ello que durante 70 años de explotación petrolífera en Ecuador (y de paso en toda América Latina con sus recursos naturales, petróleo, cobre, oro, aluminio, etc.), hasta 2007 en Ecuador con el petróleo, el 80% de lo producido fue a las grandes empresas petroleras por decisión de los sucesivos gobiernos, muchos de cuyos funcionarios, a veces sin que se extendiera personalmente la corrupción a uno que otro presidente honesto, se enriquecieran participando de esa distribución inequitativa y ruinosa para el país y sus gentes. Algo así como Odebrecht pero con las siete hermanas.

Hoy es distinto y es al contrario, al menos en Ecuador, y por eso se ha podido en diez años ejecutar la gigantesca obra pública que antes fue imposible ejecutar. Los precios altos del petróleo durante poco más de un año, en algo ayudaron a ello. Pero esos precios altos también generaron costos altos de salarios e insumos, cosa que no se analiza por detenerse apenas, con perversa por voluntaria ignorancia, en la diferencia de ingresos, sin tomar en cuenta la correspondiente diferencia de costos de producción de esas obras.

Es decir, antes también se hubieran podido construir pero con el mísero 20% que nos dejaban como limosna, fue imposible.

Como he dicho y escrito en repetidas ocasiones, las naciones NO necesitan gerentes. Requieren estadistas que no tengan los ojos en el bolsillo o en la cuenta corriente sino en el futuro de la nación, y en la historia. Verbi gratia…

Quito, Ecuador.