Movilización y activismo popular debidamente organizados y conducidos, forma de enfrentar “cambio” dañino que traerá Trump

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Por CJ Polychroniou / Truthout

Hace unos años, el intelectual Noam Chomsky advirtió de que el clima político existente en los EE.UU. proporcionaba las condiciones necesarias para el ascenso de una figura autoritaria. En esta entrevista, expone sus pensamientos sobre el resultado de las elecciones, el decadente estado del sistema político de EE.UU., y por qué Trump es una verdadera amenaza para el mundo entero.

Noam, ha sucedido lo impensable: a pesar de las previsiones, Donald Trump se ha alzado con la victoria por delante de Hillary Clinton, y el hombre que Michael Moore describió como “mezquino, ignorante, payaso peligroso a tiempo parcial y sociópata a tiempo completo” será el próximo presidente de los Estados Unidos. En su opinión, ¿cuáles han sido los factores decisivos que han inducido a los votantes estadounidenses a provocar el mayor disgusto de la historia política de EE.UU.?

Para ser exactos, hay que decir que según parece Clinton es quien ha recibido la mayoría de los votos. Puede que la victoria decisiva tenga que ver con las curiosas características de la política estadounidense, tales como el residuo del Colegio Electoral derivado de la fundación del país como alianza de estados separados, con un sistema según el cual el más votado se lo lleva todo; el mecanismo de distritos electorales (cuya división se manipula a veces) que otorga mayor peso a los votos rurales (en elecciones pasadas y probablemente en esta también, los demócratas han sacado un amplio margen de mayoría en el voto popular, pero han obtenido una minoría de escaños); y la elevada tasa de abstención (normalmente cerca del 50% en elecciones presidenciales, incluida esta), entre otros factores. Un asunto que puede ser de gran importancia para el futuro es que Clinton ganó holgadamente en la franja de edad 18-25, y Sanders tenía todavía más apoyo. La relevancia de este hecho la determinará el tipo de futuro al que se enfrente la humanidad.

De acuerdo con la información actual, Trump ha roto todos los récords en cuanto al apoyo recibido de votantes blancos, de clase trabajadora y clase media-baja, con una renta entre 50.000 y 90.000 dólares, de zonas rurales y suburbanas, y en particular de aquellos que carecen de una educación universitaria. A lo largo y ancho de occidente, estos grupos comparten su cabreo contra el poder establecido, como también ha demostrado el imprevisto voto en favor del brexit y el colapso de los partidos de centro en Europa continental. Estas personas cabreadas y resentidas son víctimas de las políticas neoliberales de la generación anterior, de las políticas que describió en su declaración frente al Congreso el presidente de la Reserva Federal, Alan Greenspan, conocido como San Alan dentro de la profesión económica, hasta que se desplomó en 2007-2008 la economía milagrosa que supervisaba y que de paso amenazó con colapsar la economía mundial. Como Greenspan explicó durante sus días de gloria, sus éxitos en gestión económica se basaban mayormente en “hacer crecer la inseguridad entre los trabajadores”. Los obreros intimidados no piden aumentos salariales, prestaciones o seguridad, sino que se contentan con salarios estancados y menores prestaciones, algo que según los estándares neoliberales significa una economía saludable.

Los trabajadores que han sido objeto de estos experimentos basados en teorías económicas no están particularmente contentos con el resultado. Para empezar, no saltaban de alegría cuando en 2007, en la cúspide del milagro neoliberal, los salarios reales de los trabajadores no relacionados con labores de supervisión eran más bajos que en años anteriores, o cuando los salarios reales de los trabajadores masculinos estaban en niveles de la década de 1960, pero mientras tanto la minoría en lo más alto de la escala, un minúsculo 1%, se llenaba los bolsillos con ganancias espectaculares. No como resultado de las fuerzas del mercado, de sus logros o de sus méritos, sino más bien de decisiones políticas concretas, como describe con acierto el economista Dean Baker en su último trabajo recientemente publicado.

El destino del salario mínimo ilustra perfectamente lo que ha estado sucediendo. Durante los períodos de crecimiento elevado e igualitario de las décadas de los 50 y 60, el salario mínimo, que fija el salario de base para otros salarios, estaba alineado con la productividad. Eso se terminó con la llegada de la doctrina neoliberal. Desde entonces, el salario mínimo se ha estancado (en valores reales). De haber continuado como hasta entonces, estaría probablemente cerca de los 20 dólares por hora. Sin embargo, se considera una revolución política subirlo a 15 dólares.

A pesar de lo que se dice acerca del pleno empleo, la población económicamente activa está por debajo de la media de años anteriores. Para la clase trabajadora, no es lo mismo un trabajo estable en una fábrica, cobrando salarios según convenio y con las correspondientes prestaciones, como sucedía en años anteriores, que un trabajo temporal e inseguro en algún puesto del sector servicios. Aparte de los salarios, las prestaciones y la seguridad, hay una pérdida de dignidad, de esperanza en el futuro, del sentimiento de que este es un mundo al que pertenezco y que valora el papel que represento.

El impacto de todo esto queda perfectamente reflejado en el iluminador retrato que hace Arlie Hochschild de un bastión de Trump en el Estado de Louisiana, donde vivió y trabajó durante muchos años. Utiliza la imagen de una fila en la que los residentes están de pie esperando avanzar a medida que trabajan duro y respetan los valores convencionales, pero que ven cómo su posición en la fila se ha parado. Delante de ellos hay cierta gente que se adelanta, aunque esto no provoca un gran malestar, porque esta es la “american way” de (supuestamente) recompensar el mérito. Lo que provoca un verdadero malestar es ver lo que sucede más atrás, porque creen que les están adelantando “personas que no se lo merecen” y que no “respetan las reglas”, gracias a la financiación de programas gubernamentales que ellos consideran, por error, diseñados para beneficiar a los afroamericanos, a los inmigrantes y muchos otros grupos que ellos a menudo desprecian. Las fabricaciones racistas de Reagan exacerbaron el problema con sus declaraciones sobre “reinas del bienestar” (negros, se sobreentiende) que roban el dinero que las personas blancas ganan con el sudor de su frente, y otras fantasías.

En ocasiones, no explicar las cosas, una muestra de desprecio en sí misma, desempeña un papel importante en el fomento del odio contra el gobierno. Un día conocí en Boston a un pintor de casas que se había vuelto en contra del “malvado” gobierno porque un burócrata de Washington, que no sabía nada de pintura, había organizado una reunión con los contratistas de pintura de la zona para informarles de que a partir de ese momento no se podía usar más la pintura de plomo, “la única que funciona”, como todos sabían, pero el tipo del traje era incapaz de comprenderlo. Eso hizo que su pequeño negocio se fuera al garete y le obligó a pintar casas por su cuenta con materiales de calidad inferior que las élites del gobierno le habían obligado a utilizar.

En ocasiones, hay razones reales de que existan estas actitudes hacia la burocracia gubernamental. Hochschild describe a un hombre cuya familia y amigos sufren los efectos letales de la contaminación química, pero que desprecian al gobierno y las “élites liberales” porque para él la Agencia de Protección del Medio Ambiente significa un tipo ignorante que le dice a él que no puede pescar, pero que no hace nada para eliminar las plantas químicas.

Estos son solo algunos ejemplos de las vidas reales de aquellos que apoyan a Trump, aquellos a los que se ha hecho creer que Trump haría algo para remediar su difícil situación, aunque una somera mirada a sus propuestas fiscales y a sus otras propuestas demuestre completamente lo contrario, y represente una difícil tarea para los activistas que esperan evitar lo peor y conseguir los cambios que desesperadamente se necesitan.

Las encuestas a pie de urna revelan que el ferviente apoyo a Trump se inspira principalmente en la creencia de que representa el cambio, mientras que a Clinton se la veía como la candidata que perpetuaría su malestar. El “cambio” que probablemente traerá Trump será dañino o peor, aunque es comprensible que las consecuencias sean menos evidentes para las personas aisladas de esta sociedad atomizada que no disponen de medios asociativos (como los sindicatos) que puedan educarlos y organizarlos. Este aspecto es fundamental para entender la diferencia entre la desesperación actual y las actitudes mayoritariamente esperanzadas que tenía mucha gente que lo estaba pasando peor económicamente durante la Gran Depresión de la década de 1930.

La victoria de Trump también se debe a otros factores. Algunos estudios comparativos demuestran que las doctrinas sobre la supremacía racial blanca han calado más profundamente en la cultura estadounidense que en Sudáfrica, y todos sabemos que la población blanca es cada vez menos numerosa. En diez o veinte años, las previsiones indican que los blancos representarán una minoría dentro de la clase trabajadora y, poco tiempo después, una minoría dentro de la población en general. También piensan que el éxito de las políticas identitarias va en contra de la cultura tradicional conservadora, porque las élites que las promulgan no hacen sino despreciar a los “trabajadores, patriotas y devotos estadounidenses [blancos] con auténticos valores familiares”, que ven como el país que conocieron se desvanece delante de sus ojos.

El Partido Demócrata dejó realmente de preocuparse por la clase trabajadora hacia la década de 1970, y desde entonces ha sido relegado a engrosar las filas de su acérrimo enemigo, que por lo menos pretendía hablar el idioma de la gente, como por ejemplo cuando Reagan se mostraba campechano haciendo bromitas y comiendo golosinas, o cuando se cultivaba la imagen de George W. Bush como un tipo normal que podrías encontrarte en un bar, que amaba limpiar su rancho de matojos a 40 ºC de temperatura y que tanto se equivocaba con las palabras (lo cual es seguramente una fabricación, ya que dudo que hablara así en la Universidad de Yale), y ahora Trump, que da voz a personas con reivindicaciones legítimas, a gente que no solo ha perdido sus trabajos, sino que ha perdido su autoestima, y que denigran al gobierno porque sienten (con razón) que los han perjudicado.

Uno de los grandes logros del sistema de adoctrinamiento ha sido que la rabia contra el sector empresarial se ha encauzado hacia el gobierno que implanta los programas, que a su vez diseña el sector empresarial. Como por ejemplo cuando se habla de los acuerdos excesivamente proteccionistas que defienden solo los derechos de las empresas y de los inversores, y que los medios y sus comentaristas constante y equívocamente describen como “acuerdos de libre comercio”. Hasta cierto punto, y con todos sus defectos, el gobierno está bajo la influencia y el control del pueblo, pero este no es el caso del sector empresarial. Para el mundo empresarial, es sumamente beneficioso alimentar ese odio hacia los burócratas gubernamentales y alejar así de las personas la idea subversiva de que el gobierno debe convertirse en un instrumento que respete la voluntad popular, un gobierno de, por y para el pueblo.

¿Representa Trump un nuevo movimiento en la política estadounidense?, o el resultado de estas elecciones ¿es simplemente una muestra del rechazo hacia Hillary Clinton por parte de los votantes que odian a los Clinton y están hartos de la “política de siempre”?

Esto no es nuevo, ni mucho menos. Ambos partidos políticos se han desplazado hacia la derecha durante el período neoliberal. Los nuevos demócratas actuales son más o menos los que solían ser conocidos como los republicanos moderados. La “revolución política” por la que abogaba Bernie Sanders, con toda la razón, no hubiera sorprendido mucho a Dwight Eisenhower. Los republicanos se han esforzado tanto en servir a los ricos y al sector empresarial que no podían pretender que los votaran por sus programas actuales, por eso han decidido movilizar a los sectores de la población que siempre estuvieron ahí, pero que nunca fueron una fuerza política organizada: evangélicos, nativistas, racistas y las víctimas de toda forma de globalización diseñada para poner a los trabajadores de todo el mundo a competir los unos con los otros, mientras que se protegía a los privilegiados y se debilitaba el recurso legal y los otros medios que no solo proporcionaban a los trabajadores un cierto grado de protección, sino también una forma de influenciar el proceso de toma de decisiones en los sectores público y privado, tan estrechamente vinculados, sobre todo mediante sindicatos eficaces.

En las primarias republicanas recientes hemos visto las lógicas consecuencias. Todos los candidatos que han surgido de las bases: Michele Bachmann, Herman Cain o Rick Santorum, eran tan extremistas que la clase dirigente republicana tuvo que emplear todos sus recursos para conseguir vencerlos. La diferencia con respecto a 2016 es que la clase dirigente, muy a su pesar, esta vez no lo ha conseguido, como hemos podido comprobar.

Merecidamente o no, Clinton representaba las odiosas y temidas políticas, mientras que a Trump se lo veía como el símbolo del cambio. Averiguar qué tipo de cambio requería de un análisis detenido de sus verdaderas propuestas, y esto por lo general ha estado ausente de la información que ha llegado al público. La campaña misma fue admirable en cuanto a su maestría para evitar ciertos asuntos, con la mayoría de los comentaristas de la prensa acatando, y para defender la idea de que la verdadera “objetividad” significa limitarse a informar con precisión sobre lo que pasa “en el círculo político de Washington”, sin aventurarse mucho más allá.

A raíz del resultado, Trump declaró que “representaría a todos los estadounidenses”. ¿Cómo va a conseguirlo cuando el país está tan dividido y él ya ha declarado sentir un odio visceral por muchos grupos de EE.UU., entre ellos las mujeres y las minorías? ¿Ve alguna similitud entre el brexit y la victoria de Donald Trump?

Sin duda alguna hay muchos parecidos con el brexit, y también con el ascenso en Europa de los partidos ultranacionalistas de extrema derecha, cuyos líderes se apresuraron a felicitar a Trump tras su victoria, porque lo ven como uno de ellos: Nigel Farage, Marine Le Pen, Viktor Orban y otros como ellos. Estos acontecimientos dan bastante miedo. Si observamos los sondeos en Austria y Alemania, es imposible que no evoquen desagradables recuerdos en aquellos que se acuerden de la década de 1930, y más aún en aquellos que fueron testigos directos de esa época, como yo cuando era niño. Todavía recuerdo cuando escuchaba los discursos de Hitler, sin entender ninguna de las palabras, pero solo su tono y la reacción de la gente ya eran bastante sobrecogedores. El primer artículo que recuerdo haber escrito data de febrero de 1939, tras la caída de Barcelona, y era sobre el avance de la plaga fascista, que parecía inexorable. Por una extraña coincidencia, mi mujer y yo estábamos en Barcelona cuando nos enteramos de los resultados de las elecciones presidenciales de 2016.

En relación a cómo Trump será capaz de manejar lo que ha puesto de manifiesto, no creado, sino puesto de manifiesto, es imposible saber. Quizá su característica más notable sea la imprevisibilidad. Gran parte dependerá de las reacciones de aquellos que se horroricen con lo que haga y de la visión que ha proyectado, por llamarla de alguna manera.

Trump carece de ideología política alguna que guíe su opinión con respecto a asuntos económicos, sociales y políticos, pero aun así se pueden apreciar en su comportamiento claras tendencias autoritarias. En ese sentido, ¿cómo de ciertas cree que son las acusaciones sobre la posibilidad de que Trump represente la aparición de un “fascismo amable” en EE.UU.?

Durante muchos años he estado escribiendo y hablando sobre los peligros del ascenso de un ideólogo honesto y carismático en EE.UU., alguien que pudiera explotar el miedo y la rabia que llevaba tanto tiempo gestándose en una gran parte de la sociedad, y que pudiera redirigirla de los verdaderos culpables del malestar hacia otros objetivos más vulnerables. Sin duda, eso podría terminar en lo que el sociólogo Bertram Gross llamaba “fascismo amable” en un pertinente estudio que escribió hace 35 años. No obstante, para que eso ocurra hace falta que surja un ideólogo honesto, al estilo de Hitler, y no alguien cuya única ideología reconocible es YO. Sin embargo, los peligros son reales desde hace muchos años, quizá más todavía a la luz de las fuerzas que Trump ha desatado.

Con los republicanos en la Casa Blanca, aunque también con el control de ambas cámaras y de la futura composición de la Corte Suprema, ¿a qué se parecerá EE.UU. durante los próximos cuatro años?

Casi todo depende de sus nombramientos y de su círculo de asesores. Los primeros indicios no son muy alentadores, por decirlo suavemente.

La Corte Suprema estará en manos de personas que durante muchos años han demostrado ser reaccionarios, y las consecuencias son bastante predecibles. Si Trump llega hasta el final en su intento de establecer programas fiscales al estilo de Paul Ryan, los beneficios para los muy ricos serán extraordinarios: según estimaciones del Centro de Políticas Tributarias habrá una reducción de más del 14% para el 1% más rico y una reducción significativa más general para aquellos en el extremo superior de la escala de ingresos, pero prácticamente ninguna rebaja tributaria para los demás, que además tendrán que soportar nuevas cargas. El respetado redactor económico del inancial Times Martin Wolf escribió que “las propuestas tributarias harían llover los beneficios para los estadounidenses que ya son ricos como el Sr. Trump”, mientras que los demás se quedarán en la estacada, y entre ellos estará, por supuesto, su electorado. La reacción inmediata del mundo empresarial evidencia que Big Pharma, Wall Street, la industria armamentística, la industria energética y demás instituciones maravillosas anticipan un futuro muy brillante.

Puede que uno de los acontecimientos positivos sea el programa de infraestructuras que Trump ha prometido, aunque escondiendo (con la ayuda de muchos reporteros y comentaristas) que se trata básicamente del programa de estímulo de Obama, que tanto habría beneficiado a la economía y a la sociedad en general, pero que fue cortado de raíz por el Congreso republicano bajo el pretexto de que haría saltar el déficit por las nubes. Sin embargo, mientras que esa acusación era errónea en su momento, teniendo en cuenta los bajos tipos de interés, es completamente válida para el programa de Trump, que vendrá acompañado de radicales recortes tributarios para los ricos y el sector empresarial, y de un mayor gasto en el Pentágono.

Sin embargo, hay una salida a todo esto, y la facilitó Dick Cheney cuando explicó al secretario del Tesoro durante el gobierno de Bush, Paul O’Neill, que “Reagan demostró que los déficits no tienen importancia”, pero los déficits que creamos nosotros los republicanos para obtener mayor apoyo popular, y que luego dejamos a otros, de preferencia los demócratas, para que más o menos lo arreglen. Esta estrategia puede que funcione, al menos durante algún tiempo.

Sobre las consecuencias para la política exterior todavía hay muchas preguntas, y la mayoría sin respuesta.

Trump y Putin se admiran mutuamente. Entonces, ¿qué probabilidad hay de que asistamos a una nueva era en las relaciones entre Rusia y EE.UU.?

Una posibilidad alentadora es que puede que se reduzcan las peligrosas y cada vez mayores tensiones en la frontera con Rusia, aclaro, “la frontera con Rusia”, no la frontera con México. He ahí un asunto que no podemos tratar aquí. También es posible que Europa se distancie de los EE.UU. de Trump, como ya han sugerido la canciller Merkel y otros mandatarios europeos, y de la opinión británica sobre el poder de EE.UU., como consecuencia del brexit. Puede que eso resulte en que Europa aumente sus esfuerzos para reducir tensiones, y quizá para avanzar en algo parecido a la visión que Mijaíl Gorbachov tenía sobre un sistema de seguridad eurasiático sin alianzas militares, que EE.UU. rechazó en favor de una expansión de la OTAN. Esa es la misma visión que Putin revivió hace poco, aunque no podemos saber si iba en serio, puesto que su gesto fue desestimado por completo.

La política exterior de un gobierno dirigido por Trump, ¿será más o menos militarista de lo que hemos visto en los gobiernos anteriores de Obama o incluso de George W. Bush?

Dudo que alguien pueda contestar a eso con un alto grado de confianza. Trump es demasiado imprevisible. Existen demasiadas preguntas sin respuesta. Lo único que se puede decir es que la movilización y el activismo popular, debidamente organizados y conducidos, pueden conseguir grandes cambios.

No debemos olvidar lo mucho que está en juego.

Traducción de Álvaro San José.