Recesión y nueva teoría

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Eduardo Sarmiento Palacio

Por Eduardo Sarmiento

En el libro Producción, capital y salario: Bases para una nueva teoría, que presentaré en la Feria del Libro, muestro que uno de los eventos más trascendentales de la ciencia económica se dio a mediados del siglo XX, cuando se demostró en términos académicos la existencia del equilibrio competitivo. De acuerdo con este principio, el mercado conduce a un estado de equilibrio, donde las ofertas y las demandas se igualan y dan lugar a la máxima eficiencia. El resultado, a pesar de no haber sido confrontado empíricamente, le dio un poder sobrenatural al mercado. De allí surgió el Consenso de Washington, que presentó la liberación de los mercados como el modelo perfecto de desarrollo de América Latina. Más aún, le abrió espacio a todo tipo de paradigmas basados en el equilibrio que no tienen verificación con la realidad y se controvierten a lo largo de la obra.

Entre estos desequilibrios adquiere actualidad el marco macroeconómico y monetario que sirvió de fundamento al banco central autónomo, que ha sido la principal causa de los quebrantos económicos de los últimos 25 años. El banco se concibió como un medio de facilitar, o si se quiere engrasar, el sistema financiero para mantener la igualdad entre la oferta y la demanda de dinero. En la práctica opera como una criatura que baja la inflación a cambio de la estabilidad de la balanza de pagos, la producción y el empleo.

Después de que la recesión de 1999 fuera causada por el Banco de la República y el Gobierno, la historia se está repitiendo en la actualidad. Primero, se permitió durante diez años una revaluación que desmanteló la industria y la agricultura, en conjunto con la caída de los precios del petróleo, y configuró un déficit en cuenta corriente de 6 % del PIB. Por lo demás, consintió una devaluación de 60 % que fue seguida de una reducción de las exportaciones a la mitad y un alza desproporcionada del precio de las importaciones que precipitó la caída de la inversión. Luego, cuando la economía estaba en franco declive, determinó un alza de la tasa de interés que redujo el crédito y una reforma tributaria basada en el IVA para complacer al FMI y las firmas calificadoras de riesgo.

La suma de los desaciertos ocasionó una fuerte caída de la inversión que contrajo la actividad productiva. Así, en las encuestas de la industria y comercio se observa que los mayores descensos se dan en los bienes de capital, como materiales de la construcción, maquinaria y equipo de transporte. Se configuró un estado de caída del gasto superior al ingreso (aumento del exceso de ahorro) que tiende a ampliarse y reforzarse, y tiene como contraparte una severa contracción de la liquidez monetaria. Por eso, la economía está cerca de la recesión y los indicadores más recientes de industria y ventas revelan que no ha tocado fondo.

El proceso descrito no se puede detener con medidas de 25 o 50 puntos básicos de la tasa de interés. La verdad es que el modelo macroeconómico se convirtió en un desequilibrio que no se puede enfrentar con las concepciones de equilibrio de tasa de cambio flexible, austeridad fiscal y cambios mecánicos de la tasa de interés. En su lugar, se requiere un marco institucional distinto basado en la intervención del tipo de cambio, protección basada en el aprendizaje en el oficio y las economías de escala, activismo fiscal con sustento monetario, y políticas industriales y agrícolas.

En el libro se muestra que situaciones similares se presentan en el comercio internacional, la industria y la agricultura, el mercado laboral y la distribución del ingreso. Los desequilibrios, que son previsibles en una disciplina donde el principal protagonista es el ser humano, se trata con diagnósticos e instituciones de equilibrio, cuando lo que se requiere es avanzar en ideas y proposiciones evidenciadas por la realidad.

El Espectador, Bogotá.