Un país mal informado no tiene opinión sino pasiones

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Por Juan Manuel López Caballero      

Ni blanco ni negro, lo que se debe es reconocer que el fin del conflicto es bueno para el país, pero muchísimo menos de lo que se presenta a la opinión pública.

Quienes no tienen más fuente de información que los medios masivos de comunicación tienen tendencia a creer lo que ellos le suministran. El resultado es que como dijo el presidente Alberto Lleras: un país que no está bien informado no tiene opinión sino pasiones.

Otra forma de decirlo es que todo se ve en blanco o negro cuando la realidad nunca es así sino siempre es gris.

Entre nosotros este extremismo ha llevado a que, por ejemplo, en este momento en cualquier conversación se considera que quien no admira y respalda a Santos es porque es ‘antisantista’; o lo que es peor, que ser crítico de su gobierno equivale a ser seguidor de Uribe. Esta interpretación ha contribuido a absurdos como pensar que el país está polarizado solo alrededor de estos dos nombres y que un acuerdo o conciliación entre ambos representaría la unidad nacional.

En ese sentido se entendió mal el resultado del plebiscito y esto puede conducir a errores porque el voto no acabó siendo únicamente alrededor de la paz. Uno de ellos el desconocer el inmenso rechazo que tiene el gobierno nacional en este momento. Otro el creer que invitando al expresidente como único vocero de la oposición se logra un consenso respecto a los problemas que aquejan a la Nación (cuando es una estrategia de focalizar en esa polarización el interés ciudadano para disminuir o distraer la atención respecto a cómo se califica la gestión gubernamental, estrategia que por supuesto a Uribe también le conviene).

Pero más grave es que la exaltación mediática y los escenarios que se han montado para promocionar el acuerdo firmado en La Habana pretenden que el haberlo sacado adelante le da la dimensión histórica de ‘la Paz de Colombia’; o que quienes analizan las dificultades y evidentes grandes limitaciones que tiene el Acuerdo de Paz y su desarrollo parecieran desconocer sus logros.

La realidad es que lo adelantado no es ni blanco ni negro sino gris y de diferentes matices, en el sentido que de que ningún aspecto tiene un resultado final y que se pueden deducir conclusiones diferentes según al cual se aplique un balance. Es obvio que es mejor tener a las Farc desarmadas y haciendo política que como guerrilla contra el Estado; pero,  igualmente, que hay algo de engaño porque esto no es la Paz de Colombia, y que, ni siquiera si se cumpliera y funcionara todo lo pactado, esto la traería.

Lo que sí se puede y debe es tratar de dar al proceso sus verdaderas  dimensiones: reconocer que algo se adelanta si los recursos que antes se destinaban a la guerra se comienzan a trasladar a la educación o la salud, pero que para que esto sea efectivo se requiere previamente unas reformas a esos sectores; reconocer que es buena la intención de la Justicia Transicional pero que la Administración de Justicia ordinaria prácticamente no existe y es más importante recomponer esta que aplaudir aquella; reconocer que es bueno que Santos como relacionista y comunicador le gane a Uribe como caudillo o ‘fuhrer’, pero que ambos han logrado posicionarse por fuera de los cauces convencionales de la política tradicional, y que el precedente de su manoseo a la legalidad y la desaparición de facto de verdaderos partidos políticos han acabado con el funcionamiento y con la existencia misma de lo que rige en nuestro orden institucional; reconocer que podrá mejorar el sector turístico y que algún inversionista podrá encontrar un mejor ambiente para montar empresas, pero que poco cambiará a las condiciones económicas el Acuerdo, y en cambió si lo hará el desestímulo de la reforma tributaria que se impuso; reconocer, en fin, que terminar el conflicto con ese grupo aporta algo bueno para el país pero que es mucho, muchísimo menos de lo que se presenta a la opinión pública y que queda pendiente.

Por otro lado se sigue tratando a la guerrilla como lo ‘negro’, prácticamente sin reconocer su participación ni su contribución al proceso. Como si fueran causa del narcotráfico o de la violencia generalizada se espera que esas cambien atribuyendo a los alzados en armas su desarrollo. Nada se menciona respecto a los motivos origen de la insurgencia ni lo que alcanzan o a lo que renuncian con su firma. Parece darse exclusivo mérito a un lado de los firmantes como si el otro solo hubiera sido testigo de una decisión unilateral. Los grandes proyectos y propósitos que ahora se presentan han sido obligación permanente del Estado pero no se reconoce que sin ser parte de la negociación se desatendían de ello.

Por eso parte de la población lo que ve es una excesiva complacencia con unos delincuentes, y no dos partes que pactan algo en beneficio de la comunidad. Y por eso es un mal comienzo esa especie de ‘apartheid político’ –como lo llama Clara López- que lideran los aspirantes a la primera magistratura.