Uribe: la justa medida

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Octavio Quintero

Por Octavio Quintero

“Recordar es vivir”, dice una sentida canción de Garzón y Collazos. Necesitamos recordar, claro. Por algo la mente humana nos permite codificar, almacenar y evocar recuerdos amargos y alegres. Es, inclusive, un ejercicio sano y, por algo se dice también que, quien no recuerda el pasado está condenado a repetirlo. Pero cuando el pasado se nos convierte en una obsesión que llega a nublar nuestra concentración en los asuntos del presente, estamos con problemas psíquicos: toda una enfermedad.

El expresidente Uribe se ha convertido en algo así como la justa medida de todas las cosas. La mayoría de los columnistas más visibles en la gran prensa no son capaces de terminar ningún comentario sobre la corrupción actual del país, sin hacer alusión a la corrupción de Uribe y su gobierno, como comparación de la corrupción de Santos y su gobierno.

¿Qué es el pasado?… Por supuesto, es un tiempo que dejó de ocurrir; es una ilusión que cuando llega, cobra vida y puede hasta confundirse con el presente, reclamando protagonismo. Estos columnistas pretendiendo destruir a Uribe, lo que están haciendo es permitirle entrar en forma de fantasma (de ilusión) al presente y adueñarse de todos los espacios…

El campeonato de estos atrapados en el pasado se lo lleva hoy el columnista de Semana.com, león Valencia quien, en su columna: “Uribe: seis campañas, seis escándalos”, esconde y justifica el ingreso de los aportes de Odebrecht a las campañas presidenciales de Santos 2010 y 2014, diciendo: (…) “Pero con Uribe estas prácticas llegaron a su apogeo e infectaron todo el tejido democrático”.

En el artículo mencionado se direcciona el pensamiento colectivo de los lectores a creer que solo en las campañas de Uribe y en el partido de Uribe (Centro Democrático) se presentan hechos de corrupción tipo Odebrecht.

El columnista olvida o ignora, o se hace el de la vista gorda, que en la misma campaña del 2010 está comprobado que ingresaron dineros del BBVA –otra empresa extranjera—a las campañas de Fajardo, Pardo y Marta Lucía y, por supuesto, del mismo Santos. Ignora también que la campaña del Centro Democrático al Congreso en el 2014 fue por listas cerradas lo que,  en cuyo supuesto de ingresos de aportes no permitidos o sobre costos no declarados, vendría  ser un solo caso de corrupción, en tanto que todos los demás partidos siguieron la línea del voto preferente en donde cada candidato es una empresa electoral y tiene que rendir cuentas ante la autoridad competente en forma individual. Si, como el mismo columnista predica que la corrupción “infecta a todo el tejido democrático”, ello supone que la mayoría de senadores y representantes que llegaron por voto preferente, violaron los aportes y los topes, e igual los candidatos a Presidente, gobernadores y alcaldes.

Estas reflexiones no deben interpretarse como una defensa de Uribe o su Centro Democrático, sino como una defensa de la objetividad. Y aunque gozamos de liberad de opinión y de expresión, no se debe abusar de ellas para alienar el pensamiento colectivo de los lectores, diluyendo en uno solo de los corruptos que dirigen este país toda la responsabilidad de la degeneración política que nos envuelve en el momento.

Fin de folio.- Los malos ejemplos se recuerdan para no repetirlos; no para justificar las malas conductas posteriores. Ese es el camino del despeñadero moral…